PARTE SEGUNDA: TIEMPOS DE GUERRA (2)

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NAUFRAGIOS Y PECIOS

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TIEMPOS DE GUERRA (2)

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Listado de las embarcaciones de las cuales se poseen datos en este estudio registradas por número de orden, fecha del acaecimiento y nombre de la embarcación (si se pudo conseguir éste):

5.10   11-09-1943   PEGASO e IMPETUOSO

> 5.10   11-09-1943  “Pegaso” e “Impetuoso”

EL “PROCIONE” EN LA GRADA. PERTENECIENTE A LA CLASE “ORSA”, LA MISMA DEL “PEGASO”

En un fondo de más de 100 metros situado en el Canal de Menorca yacen los restos de los torpederos italianos “Pegaso” e “Impetuoso” tras ser hundidos en su día por sus comandantes respectivos con el fin de evitar su caída en manos del enemigo germano. Localizados desde hacía tiempo por el coralero mallorquín Joaquín Rodríguez Castelao, más conocido por “Quino”, fueron redescubiertos hace escasos años por el submarinista italiano residente en Menorca Guido Pfeiffer, quien tras localizarlos los comenzó a fotografiar a fin de realizar un magnífico y bien documentado reportaje en su revista especializada “SUB”, que edita en Italia. Sin embargo, la localización no resultó ni mucho menos una empresa fácil, todo lo contrario, ya que devendría en una operación que supondría varios años de búsqueda y sacrificio necesitados de una fuerte voluntad y constancia, que Guido y su equipo bautizarían como “Operazione Pegaso” la cual relatamos seguidamente en tres entregas. Por el momento comenzaremos por situarnos en la época y en las circunstancias que hicieron terminar los días de navegación de varias unidades de la Flota italiana durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Quien haya visitado el Cementerio Municipal de Maó habrá observado la existencia, en el 3er. ensanche, de un soberbio mausoleo erigido en honor a los marinos fallecidos tras el ataque alemán al acorazado italiano “Roma”, en cuyo interior reposan los cuerpos de los tripulantes que fueron trasladados hasta nuestro puerto tras ser rescatados y encontrándose en situación de gravemente heridos. El 7 de mayo de 1939, en el momento de firmar el llamado “Pacto de Acero”, Hitler había asegurado a Mussolini que no se iba a producir un conflicto general hasta 1942, año que sería considerado crucial para los preparativos bélicos italianos. Sin embargo, cuando en mayo de 1940 el ejército alemán avanzaba fácilmente por los campos de Francia, el Duce pensó que iba a perder el “autobús” de la victoria, por lo que el 10 de junio declaraba la guerra a los aliados. Esta entrada en guerra fue muy inoportuna para la marina italiana, con la mayor parte de su flota mercante navegando por todos los mares, disponiendo tan solo de sus viejos acorazados modernizados, y pendientes aún de entrar en servicio los poderosos “Littorio” y “Vittorio Veneto”, que no estarían terminados hasta el mes de agosto, esperándose también al “Roma”, que no entró en servicio hasta finales de 1942, y al “Impero”, que no podría llegar a terminarse. Por aquellos años los grandes acorazados británicos eran técnicamente superiores a los flamantes barcos italianos al incorporar modernos adelantos electrónicos, a pesar de que no fueran superiores técnicamente a los italianos.

LAS UNIDADES DE LA MARINA ITALIANA INTERNADAS EN MAÓ FONDEADAS EN AGUAS DE SA COLÀRSEGA

LAS UNIDADES DE LA MARINA ITALIANA INTERNADAS EN MAÓ FONDEADAS EN AGUAS DE SA COLÀRSEGA

Éso si, incorporaban el rádar, lo que suponía una clara ventaja frente a cualquier posible adversario. Además disponían de una moderna aviación embarcada, aviones que inflingirían graves daños a los acorazados italianos y que por ello nunca pudieron navegar todos juntos. Era el “Roma” el más potente navío que hubiera tenido la marina italiana. Pertenecía a la segunda serie del tipo “Littorio”, proyecto del ingeniero naval Umberto Pugliese y su quilla había sido puesta en la grada de los astilleros Cantieri Riuniti dell’Adriatico, de Trieste, el 18 de septiembre de 1938, siendo botado el 9 de junio de 1940 y entregado el mismo mes de 1942. Desplazaba 41.650 toneladas y medía 240 metros de eslora, 33 de manga y calaba otros 9,66. Para navegar utilizaba 12 turbinas tipo Belluzzo en cuatro grupos alimentados por 8 calderas Yarrow, con una potencia total de 130.000 CV, lo que le conferían una velocidad de 31 nudos mediante 4 hélices de tres palas. Tenía una autonomía, navegando a plena velocidad, de 1.300 millas náuticas. Su armamento comprendía 9 piezas de 380/50 mm., 12 de 151/15, 4 de 120/40, 12 de 90/55 antiaéreas, 20 ametralladoras de 37/54 y 32 de 20/65, todas ellas asimismo antiaéreas. La coraza alcanzaba 350 mm. en la cintura y torres, 207 en el puente y 150 en las torres secundarias. Gozaba igualmente de una especial protección antisubmarina. Su dotación comprendía 85 oficiales (más 38 como insignia) y 1.825 suboficiales y marineros. Fue incorporado al servicio activo tardíamente, cuando el resto de la armada se había retirado ya al puerto de La Spezia. Al emprender su última salida, su actuación hasta entonces había sido prácticamente nula. Mientras tanto y desde los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, los alemanes habían intentado aumentar la efectividad de sus acciones aéreas contra los barcos enemigos. Hasta entonces no había resultado muy eficaz, mejorando en sus ataques en picado hasta verse frenada al haber sido aumentada poderosamente la artillería a bordo de los buques. Y, hasta entonces, la misión clave de la marina italiana era la de mantener libre el tráfico con los puertos de Libia, tarea en la que se iría debilitando enormemente y, al producirse el desembarco anglo-americano en África del Norte y sufrir la enorme presión de la aviación aliada, una vez perdida la batalla de África los italo-germanos, se vio forzada a retirarse a puertos más lejanos donde, afectada por las limitaciones de combustible, quedó casi totalmente inactiva en los últimos meses de la guerra. De este modo quedaba pendiente de intervenir si se producía una invasión. Su núcleo más importante lo constituían los tres acorazados modernos “Roma”, “Vittorio Veneto” e “Italia” (ex “Littorio”). Estaban al mando del almirante Carlo Bergamini, en tanto los dos acorazados ya anticuados “”Doria” y “Duilio”, rearmados a principio de junio a las órdenes del almirante Da Zara, se encontraban en Tarento y otros dos acorazados en reparación en puertos del norte del Adriático.Entre las tripulaciones cundía el desánimo y el desaliento, tras los acontecimientos que se iban produciendo: desembarco en Sicilia, caída de Mussolini, gobierno Badoglio… circulando toda clase de rumores, dándose poco crédito a las manifestaciones de Badoglio en el sentido de que se continuaría la guerra al lado de los alemanes.

DETALLE DE LAS TORRES ARTILLADAS DEL “ROMA”

Algunos miembros de la marina permanecían fieles al Duce, mientras la mayoría lo era del rey Víttorio Emanuele III. Se especulaba sobre una paz separada, temiéndose por la posible reacción alemana, cuyas divisiones en Italia podrían apoderarse tanto de las bases como de los barcos. El 3 de septiembre se firmaba el armisticio en el cual se aceptaba una rendición sin condiciones. Parece ser que la firma sería dada a conocer entre el 10 y el 15 de septiembre, pero nunca antes del 10. Vencida y sin espíritu de lucha, atemorizada por la amenaza del bombardeo de sus ciudades, Italia tenía que aceptar todas las imposiciones aunque en ellas se contemplara traicionar a sus antiguos compañeros de lucha y pasarse al bando del enemigo. Aquel mismo día Badoglio convocó a una reunión a los altos mandos militares para darles cuenta de la firma aunque advirtiéndoles que no podían comunicarlo ni a sus más inmediatos subordinados, pendientes de entrar en lucha de un momento a otro. Quienes estaban enterados de la situación eran el propio Rey, el jefe del gobierno mariscal Badoglio, el ministro Aquarone, el jefe del Estado mayor General, general Ambrosio, el jefe del Estado mayor del Ejército general Roatta y el jefe del Estado mayor de la Marina, almirante Raffaele De Courten. El jefe del Estado Mayor de la Marina, almirante De Courten, se encontraba frente a un problema que no tenía solución.Si realmente estaba al corriente de las cláusulas del armisticio, tenía que cambiar de inmediato todos los planes dispuestos para la Marina que, de estar dispuesta hasta entonces a combatir hasta el último extremo contra los anglo-americanos, debía pasar ahora a rendir sus barcos y llevarlos hasta un puerto adversario, algo con lo que al parecer no estaba muy conforme para sus adentros. Además, la obligación de mantener el secreto le impedía dar las razones suficientes para alterar estos planes, por lo que decidió no cambiarlos de momento. Sin embargo, si tenía que hacer zarpar a la flota, lo mejor era ponerlo en conocimiento del Alto Mando Alemán y, para ello, el día 7  se dirigió a Frescati, donde el mariscal Kesserling, comandante de las fuerzas alemanas instaladas en Italia, tenía su cuartel general. Ante él y otros testigos el almirante italiano expresaría su fidelidad al pacto ítalo-germano.

EL “ROMA” EN UNA IMAGEN TOMADA DESDE SU ALETA DE BABOR

Las órdenes que en aquellos momentos tenían los almirantes de la flota italiana eran las de oponerse con todas sus fuerzas a un posible desembarco aliado. Bergamini, con todas sus unidades, debían entrar en la base sarda de La Maddalena y desde allí operar contra las playas de desembarco enemigas, llegándose si era necesario hasta el hundimiento de los barcos. Da Zara, con los barcos de Tarento, tenía que producir el máximo daño posible antes de ser destruído e incluso lanzarse con los barcos hasta encallarlos en la costa adversaria. Mientras tanto el Rey y Badoglio pedían al general Eisenhower, en situación de comandante en jefe de los aliados, que el desembarco fuera llevado a cabo al norte de Roma, con el fin de que la ciudad quedara preservada de la ocupación alemana. Éste desplazó hasta Roma a dos militares que serían informados de todo lo necesario para la efectividad del nuevo plan. El almirante Bergamini era un marino conceptuado por sus compañeros como hombre de gran valor y ponderación, leal a sus convicciones y dispuesto a velar por el honor de la Marina. Estando advertido de que su misión era impedir a toda costa el posible desembarco aliado y no concebía en modo alguno la rendición -ni a alemanes ni a anglo-americanos-, siendo de la opinión que era preferible hundir antes los barcos a entregarlos. De Courten le había reclamado a Roma para informarle de lo tratado en la reunión, que Bergamini consideraría decisiva para el futuro. Pero, obligado como estaba De Courten a guardar secreto absoluto sobre la firma del armisticio, tan sólo les reclamó obediencia y disciplina, sin ninguna instrucción concreta. Terminada la reunión se dirigió a su casa y durmió con su familia. Al amanecer marchó hacia La Spezia, encontrándose con la flota en estado de alerta y dispuesta a zarpar.Al embarcar fue informado de que la orden había partido del Alto Mando en Roma ya que parecía se había avistado una flota aliada compuesta por unos 450 barcos navegando con rumbo a las costas italianas. Inmediatamente Bergamini reunió a sus mandos para estudiar los que iban a ser trascendentales movimientos en las próximas horas y cuando finalizó la reunión se enteró por la radio de que Italia habría depuesto las armas. Bergamini se quedó atónito por lo que estaba escuchando. La primera noticia provenía de Argel, siendo confirmada seguidamente por Londres y a las 18,30 horas por el propio general Eisenhower, general en jefe aliado, seguido de una proclama del almirante inglés Cunningham ordenando a los barcos italianos que se dirigiesen a Malta. Finalmente, el mariscal Badoglio, a las 19,45 lo comunicaba oficialmente a su país.La publicación inicial del armisticio sorprendió a muchos, y posiblemente al mismo Rey y a Badoglio. Se supone que se había dado publicidad al mismo para evitar un derramamiento de sangre y sacrificios inútiles entre los italianos y los aliados ante lo que ya era un hecho. Bergamini no entendía el hecho de haber realizado una reunión en Roma que no servía para nada puesto que todo estaba ya de antemano decidido y que, tampoco nada se había mencionado al respecto. Literalmente se consideró engañado por sus superiores. Mientras tanto sus hombres se encontraban también muy confusos y, a buen seguro, no aceptarían sin más una rendición, inclinándose por hundir sus barcos antes que entregarlos a las fuerzas contrarias. No tardó en recibir la orden de navegar hasta Malta enarbolando un gallardete negro en señal de rendición. El almirante Sansonetti le anunció que a la llegada los barcos no serían desarmados ni tendrían que arriar la bandera italiana. También le llamó De Courten intentando convencerle y disuadirle de sus propósitos de hundimiento, los cuales conocía perfectamente. Tanto es así que le ofreció la posibilidad de dejar el mando para así poder acallar su conciencia, posibilidad que sería rechazada de plano puesto que no existía precedente de ningún comandante que hubiera abandonado a sus hombres en los momentos de peligro. Sus deseos eran colgar el teléfono como lo hubiera ya hecho con el anterior pero las palabras de De Courten le convencieron de zarpar de La Spezzia y navegar en principio hacia Malta, aunque muy posiblemente lo harían hasta La Maddalena, a donde se decía pensaban viajar tanto el Rey como su gobierno. Por ello, lo importante era que la flota se hiciera a la mar para recibir nuevas instrucciones durante el viaje. Al colgar comentó con el capitán de navío Bedeschi, quien se encontraba en aquellos momentos a su lado: “No entregaré nunca las naves al enemigo, primero las llevaré a un puerto italiano o neutral y, si esto no es posible, las hundiré”.

EL BUQUE HA SIDO ACERTADO PLENAMENTE POR LA ARTILLERÍA GERMANA

EL BUQUE HA SIDO ACERTADO PLENAMENTE POR LA ARTILLERÍA GERMANA

En realidad ni Badoglio ni el Rey pensaban en dirigirse a La Maddalena, ni se haría la menor gestión para que fuese en ese lugar donde se concentraran los barcos italianos. A pesar de ello, se dispuso que los destructores “Vivaldi” y “Da Noli”, zarparan de La Spezia con rumbo hacia Civitavecchia y esperasen allí la probable llegada del monarca y su gobierno. Sin embargo, horas antes se había hecho zarpar a las corbetas “Bayonetta” y “Scimitarra” que se dirigieran a Pescara, un puerto seguro del Adriático, en el que embarcarían la familia real, su séquito y el gobierno, rumbo a Brindisi. Mientras tanto, los alemanes habían ido descifrando los mensajes que se cursaban por radio a través de los cuales se dieron cuenta, parece ser que antes que sus propios compañeros de lucha armada, de la firma del armisticio y de que la flota italiana se entregaría a los aliados. Además, tras el apresamiento de Mussolini, el gobierno alemán se hacía ya pocas ilusiones sobre la lealtad tanto del Rey como de Badoglio, así como de las promesas de combatir a su lado. El mariscal Goering, jefe de la Luftwaffe, comunicó inmediatamente la orden de atacar la flota italiana al general Hugo Sperle, comandante de la III Flota Aérea alemana, quien a su vez encomendó la misión al III Grupo 100 del aeródromo de Istres a cuyo mando se encontraba el mayor Bernhard Jope, que disponía ya de las nuevas bombas dirigibles FX-1.400 que, si en principio estaban destinadas a ser estrenadas para combatir la flota enemiga de invasión, serían ahora lanzadas contra los antiguos compañeros de lucha. En el ataque participarían once Dornier Do-217K, con una de las nuevas bomba cada uno. La posición de la flota se conocía en todo momento merced a los aviones de reconocimiento. Cuando la flota se desvió hacia el sur se dio la orden de despegar. Eran las 14,00 horas del 8 de septiembre de 1943, un día dotado irónicamente de una visibilidad extraordinaria.

LA EXPLOSIÓN ALCANZA EL PAÑOL DE EXPLOSIVOS INMEDIATO QUE ACABARÁ CON EL HUNDIMIENTO DEL BUQUE

Tras una hora y veinte minutos de vuelo avistaban los barcos al SW del cabo Testa. Carlo Bergamini había esperado hasta el último momento en La Spezia. La situación de sus hombres era bastante tensa y emocional, puesto que conocían ya los pormenores del armisticio y sus mandos les había solicitado obediencia y disciplina. La salida se había iniciado a las tres de la madrugada sin enarbolar gallardete alguno en señal de rendición. Iban en línea de ataque los acorazados “Roma”, “Vittorio Veneto”, e “Italia”, flanqueados por los cruceros “Eugenio de Savoia”, “Raimondo Montecuccoli” y “Attilio Regolo” y los contra-torpederos de la 12ª Flotilla “Legionario”, “Mitragliere”, “Grecale”, “Orione”, “Velite”, “Fuciliere”, “Artigliere” y “Carabiniere”, quedando en puerto varios buques averiados. La noche era de calma y con luna, la velocidad de unos 22 nudos y el rumbo de aguja SW, en dirección a las costas de Córcega. Poco después de las seis de la mañana se incorporaban los cruceros procedentes del puerto de Génova “Luigi di Savoia Duca degli Abruzzi”, “Giuseppe Garibaldi” y “Emanuele Filiberto Duca d’Aosta”, junto con los pequeños torpederos “Libra”, “Orsa”, “Orione”, “Pegaso” e “Impetuoso”. Al amanecer eran avistados por la aviación aliada, embocando el estrecho de Bonifacio con rumbo a La Maddalena. Aquella base había sido tomada ya por los alemanes por lo que Bergamini, enterado de esta circunstancia, ordenó corregir su rumbo hacia el W. Cuando se encontraron a la vista de Asinara, detectaron la presencia de un grupo de aviones volando a una altura extraordinaria: eran los Dornier del mayor Jope. A partir de entonces los acontecimientos se precipitaron. La primera bomba que dejaron caer los pilotos germanos estalló cerca del “Italia”, produciéndole averías en su timón, aunque podría continuar gobernando con los medios auxiliares. Todos los buques respondieron con sus piezas antiaéreas, pero los mismos 90 mm. de los acorazados quedaban muy bajos, dada la altitud de los atacantes. También comenzarían a zigzaguear, una forma de navegar muy útil en caso de ataque, pero que de nada servirían frentes a las novedosas bombas dirigidas. A las cuatro menos cuarto de aquella tarde el “Roma” era alcanzado por una de ellas en la aleta de estribor que le atravesó todo el casco y afectó seriamente a las máquinas, quedando con una velocidad reducida a 16 nudos. Cinco minutos más tarde otra bomba impactaba por detrás de la segunda torre, destrozando el puente y produciendo un incendio que alcanzó el depósito de municiones situado en ese mismo punto que al explosionar partió en dos al buque, hundiéndose cuando las manecillas del reloj de bitácora marcaban las 16,20 horas, junto con la mayor parte de la tripulación, entre las que se contaba a los dos almirantes y todo el Estado Mayor. Una cuarta bomba impactaría en el “Italia”, entrando por el enorme boquete que se le había abierto 800 toneladas de agua, teniendo que embarcarse otras 416 con el fin de poder compensar la escora, pudiendo continuar navegando una vez más, aunque a una velocidad de 24 nudos. Una vez finalizado el bombardeo la escuadrilla alemana desapareció del firmamento, regresando a su base y no volviendo a  infligir más ataques a la flota italiana. Tras la pérdida del almirante Bergamini el mando recayó en el oficial del mismo rango y de más antiguedad, Romeo Oliva, que se encontraba a bordo del “Eugenio de Savoia”, quien ordenó al crucero “Attilio Regolo” y a los contra-torpederos “Mitragliere”, “Carabiniere”, “Fuciliere” y “Pegaso” que permanecieran en el lugar con el fin de rescatar a los supervivientes del bombardeo, mientras continuaba a rumbo posiblemente con dirección a la isla de Menorca. Fueron recogidos 626 náufragos, de los que 26 fallecerían víctimas de atroces quemaduras. Parece ser que los alemanes mandaron 5 hidros tipo Dornier a realizar labores de salvamento, pero tan sólo uno lograría regresar a tierra puesto que los restantes serían derribados por la aviación aliada.

LA TRIPULACIÓN DEL "ATTILIO REGOLO" RESCATÓ A LOS HERIDOS Y CADÁVERES DIRIGIÉNDOSE POSTERIORMENTE A TODA MÁQUINA HACIA MAÓ

LA TRIPULACIÓN DEL “ATTILIO REGOLO” RESCATÓ A LOS HERIDOS, RECUPERÓ LOS CADÁVERES DIRIGIÉNDOSE POSTERIORMENTE A TODA MÁQUINA HACIA MAÓ

La flota del almirante Oliva fue nuevamente asediada por diversos aviones de nacionalidad desconocida, tras lo cual, el Alto Mando naval le ordenó corrigiera rumbo y pusiera proa a la isla de Malta enarbolando los gallardetes negros. El crucero “Attilio Regolo”, acompañado de los contra-torpederos “Mitragliere”, “Fuciliere” y “Carabiniere”, que se encontraban al mando del capitán de navío Marini, cargados de heridos, pusieron rumbo al puerto de Maó, en la isla de Menorca, desembarcando a su llegada 26 muertos que serían enterrados en el Cementerio Municipal de la ciudad. Los barcos, mientras tanto, quedarían inmovilizados hasta el 15 de enero de 1945. Los tripulantes, sin embargo, permanecerían en la isla por espacio de unos tres meses. Por su parte, la flotilla compuesta por los “Pegaso”, “Impetuoso” y “Orsa”, al mando del capitán de fragata Imperiali, averiados dos de ellos por el ataque aéreo y por una desafortunada colisión, se había dirigido al puerto de Pollença, donde serían desembarcados los heridos y hundidos sobre las siete de la mañana del 11 de septiembre de 1943, en aguas profundas de un lugar desconocido del Canal de Menorca, los dos averiados, quedando en principio internado el “Orsa”. Un joven pescador mallorquín, Antoni Cifre, cuando se encontraba en las inmediaciones de cabo Formentor observaba atónito el hundimiento sobre el punto en que se encontraban calados los aparejos para capturar langostas de su padre, de uno y otro barcos tras habérseles abierto los diferentes grifos de fondo. Sin ruidos ni estampidos. Sin cañonazos ni torpedos, en medio del más profundo silencio.

“Operazione Pegaso”

Realizado este preámbulo, tres años de búsqueda, 4.500 millas recorridas navegando, más de un centenar de inmersiones, sesenta de las cuales llevadas a cabo en fondos comprendidos entre los 90 y los 110 metros, son tan sólo una parte de las vicisitudes superadas por el incansable equipo submarinista de Guido Pfeiffer, que lograrían encontrar y explorar los pecios de los buques “Pegaso” e “Impetuoso”, coprotagonistas de una gloriosa página de la historia de la Marina Militar italiana. El equipo de SUB estuvo liderado por Guido Pfeiffer, director de la revista SUB y submarinista dedicado a las inmersiones profundas muy experto, con muchos años de experiencia, que continúa en la actualidad con la mezcla “trimix”. Es uno de los dos que bajaron, estudiaron y fotografiaron los dos pecios, como hicieran años atrás con el carguero “Georgia K”. Con Flory Caló, subdirectora de SUB proyectaron estas inmersiones que bautizarían como “Operazione Pegaso”. Flory también es submarinista de denostada experiencia, siendo divemaster Padi, divecon Ssi y submarinista Trimix. Ella coordinaba todos los movimientos en superficie, gestionaba la operación y, además de llevar la estrategia de la búsqueda, actuaba como periodista en la toma de los datos que servirían para redactar el futuro reportaje.

CEREMONIAL DEL ENTIERRO DE LAS VÍCTIMAS EN EL CEMENTERIO DE MAÓ

Claudio Corti es el segundo submarinista que acompañaría a Guido fotografiando los dos barcos, al igual que lo hubiera realizado anteriormente con el “Georgia K”, trabajando entre 90 y 110 metros de profundidad. Su principal colaboración ha sido en las labores de búsqueda y fotografía a gran profundidad, gracias a su notable experiencia. José Almagro es otro experto submarinista. Nacido en Ciutadella, los fondos de las aguas del Canal no tienen secretos para él y ha  tenido la responsabilidad de pasarse horas y horas analizando las imágenes ofrecidas por la sonda para conocer la naturaleza del fondo y a situarse visualmente gracias a su conocimiento del perfil mallorquín y de los pescadores profesionales de la zona. Jordi Moya y Alejandro Fernández son dos médicos suficientemente conocidos por todos los submarinistas menorquines al ser directores del Centro de Medicina Subacuática de Menorca. Son submarinistas y se encargaron de la seguridad y asistencia médica de Guido y Claudio. Moya sería además el principal inductor del proyecto al notificar a Guido la existencia de los dos barcos en algún punto del Canal de Menorca. Maurizio Macori es un geólogo italiano, submarinista de notable experiencia, que se encargó de la cuestión puramente electrónica, diseñando una videocámara especial que era sumergida a gran profundidad lo cual les permitió observar el fondo estando cómodamente sentados a bordo de la embarcación. Estuvo también buscando información en el Archivo Histórico de la Marina, en Roma. Y Pere Calafat es el patrón de la embarcación de Guido. Pescador profesional retirado ha cooperado activamente en labores de superficie, a la par que controlaba la estación de descompresión que era sumergida tras las inmersiones.También han aportado su grano de ayuda Vincenzo Palmiotta dotado de un perpicaz olfato para adivinar los días más apropiados para llevar a cabo las difíciles inmersiones a tal profundidad y colaborar en superficie; Pierfranco Dilenge, el conocido fotógrafo submarino que ha ayudado en una ocasión como submarinista asistente y fotógrafo en las labores de preparativos y descompresión; Alessandro Lodi Fè, quien tras cada punto muerto animaba a no decaer en el ánimo y a continuar en la difícil  búsqueda de los pecios; Miguel Pons Misut, otro popular personaje ciutadellenc, propietario del Centre Nàutic Ciutadella, que aportaría su propia embarcación cuando por cualquier circunstancia la de Guido no se encontraba operativa. Y por último Teia Longas Maccori que, además de alegrar con su presencia a todo el equipo, se encargaba de tener siempre a punto los necesarios “tentenpiés” para reponer fuerzas tras las duras inmersiones.El brazo de mar que divide Mallorca de Menorca posee unos fondos muy activos al encontrarse dominados por impetuosas corrientes. Es el habitat ideal para el coral rojo el cual, antes de ser sometido a una fuerte presión por la pesca dado su indudable valor en joyería, era bastante más abundante que en la actualidad. Hoy, para encontrarlo, hay que bajar hasta una profundidad de entre 90 y 100 metros, profundidad por otra parte, tan sólo accesible para quien esté dotado de una constitución envidiable o cuente con el equipo necesario para llevarlo a cabo sin peligro. En las Illes Balears tan sólo existe un hombre que cuente con esta capacidad intrínseca: Joaquin Rodríguez Castelao, más conocido por “Quino” que tiene ya más de 70 años cumplidos y que a pesar de ello ha padecido 2 graves embolias tras cerca de cincuenta años de dura actividad. Quino se sumergía con aire hasta los 105 metros y con una mezcla de gases (helio), hasta los 130. Una vez en la superficie realizaba una descompresión en su propia barca con una cámara hiperbárica que llevaba instalada en la popa y que funcionaba con oxígeno puro. Aún a pesar de su carácter rudo, en el fondo era un soñador empedernido: esperaba encontrar algún día un tesoro sumergido, quizás escondido en un viejo galeón semienterrado en el fango llamado “Castillo Negro” del cual -parece ser- ha logrado encontrarse la campana de a bordo. El 17 de diciembre de 1986 se había despertado como un maravilloso día: sin la tramontana que, procedente del temido Golfo de León, levanta sus olas descomunales que llegan hasta estas aguas. Quino tenía la idea de que si realizaba la inmersión con prontitud, sobre las ocho de la mañana, muy posiblemente a las diez habría terminado ya su jornada, antes de que se implantara el “embat”, la típica brisa de por si molesta, y podría regresar a casa con la familia. Así que sobre las nueve estaba ya ascendiendo, llevando consigo su pesada tribotella (2 de 15 litros y una de 12). El fondeo que le servía para la subida a la superficie lo había dejado en aquella ocasión sobre un fondo nuevo, desconocido y que, en la sonda, aparecía dibujado como completamente plano y monótono. Al ir a recuperarlo, observó que la sonda, de súbito, había marcado una subida seguida de una brusca bajada, lo que quería mostrar la presencia de alguna roca o barbada que se elevaba del plano del fondo unos 7 u 8 metros. Quizás se tratara de un escollo sumergido y desconocido que podría albergar alguna importante formación de coral. Sin embargo Quino conocía perfectamente aquel fondo y aquello resultaba totalmente novedoso. Sin pensárselo dos veces se calzó el equipo y volvió a sumergirse rápidamente. Descendió veloz hacia la densa oscuridad de aquellas aguas prestas a revelarle algún importante secreto. Y no fue una roca, sino un buque, un buque de guerra que se mostraba como tal gracias a sus cañones de grueso calibre  montados en cubierta. Mientras observaba asombrado su descubrimiento comenzaban a aflorarle en su memoria diversas historias contadas por los marinos más viejos del lugar. Comprendía que aquello que había escuchado no era una de tantas leyendas inverosímiles que suelen contarse en los ambientes marineros. Aquella era verdad y una de las naves que se citaban la tenía en ese preciso momento ante sus atónitos ojos. El casco se encontraba en perfecto estado y de coral nada de nada aunque, posiblemente, en su interior hubiera algo de valor. Sin embargo, a pesar de que en un primer momento considerara que acababa de hacer una inmersión inútil, decidió considerar aquel buque como algo solamente suyo, que el descubrimiento sería su secreto y por ello no diría a nadie dónde se encontraba.Los torpederos “Pegaso” e “Impetuoso” fueron dos unidades prácticamente gemelas pertenecientes a la clase “Orsa” siendo el primero de ellos construido en los astilleros Bacini e Scali Napoletani, de Nápoles, entre 1936 y 1938. Medía 89,20 metros de eslora, 9,50 de manga y 2,40 de calado. Desplazaba 855 toneladas y estaba impulsado por turbinas Tosi de 16.000 CV. movidas por 2 calderas de petróleo. La propulsión era llevada a cabo mediante dos hélices que le permitían una velocidad de crucero de 28 nudos. Su armamento estaba constituido por 2 cañones de 100 mm., 8 ametralladoras antiaéreas, 4 tubos lanza-torpedos de 450 mm. y sistema de colocación de minas. Tenía una dotación compuesta por 6 oficiales y 148 suboficiales y marineros. Estaba al mando del capitán de fragata Riccardo Imperiali. El “Impetuoso” pertenecía a la clase “Ciclone” y su eslora era ligeramente inferior: 87,70 metros y su manga, superior: 9,90. Su velocidad era de 25 nudos. Su dotación estaba compuesta por 7 oficiales y 170 suboficiales y marineros. Estaba al mando del capitán de corbeta Cigala.El 30 de junio de 1998 Guido subía a la superficie tras haber finalizado una de sus habituales inmersiones profundas que, en esta ocasión, le habían llevado por segunda vez a visitar el pecio del mercante de pabellón griego “Georgia K”, que se encuentra situado a unas pocas millas al NW del Cap de Cavalleria tras haberse hundido en circunstancias aún sin aclarar. Habían sido 95 metros utilizando para ello la mezcla de gases (trimix). Durante el ascenso, de repente, se había sentido indispuesto. Era extraño pero una embolia aparente le hizo comprender que algo no funcionaba bien. Llevado con urgencia a Maó, pronto se encontró en el interior de la cámara hiperbárica, siendo atendido por los doctores López Oblaré y Moya. Se encontraba en el interior respirando oxígeno a través de una mascarilla que le habían puesto los galenos. Y no estaba en absoluto aburrido puesto que el doctor Moya le estaba vigilando estrechamente a la par que le explicaba numerosas anéscdotas submarinas al ser un gran aficionado a este deporte. Y no era para menos: allí tenía junto a él a un auténtico profesional del mundo submarino, su actividad lúdica y de expansión preferida.Entre todo aquel amasijo incontenido de comentarios y anécdotas salió a relucir el del coralero mallorquín que había localizado el pecio de dos buques de la Armada italiana que reposaban en algún punto del canal que separa Menorca de Mallorca. A Guido le sonó la campana directamente en su cerebro. Había oido hablar sobre el tema pero las gestiones realizadas al respecto nunca habían obtenido resultados apreciables. La historia que había escuchado en alguna ocasión y que nunca había sido capaz de desvelar aparecía nuevamente en su vida tocando a su puerta. Podía no ser cierta o que, de serlo, se encontraran a tal profundidad que ningún submarinista pudiera o hubiera podido llegar hasta ellos. El caso es que el tema había quedado ya en el olvido.

IMAGEN DEL "PEGASO" Y PLANO CONSTRUCTIVO DEL MISMO

IMAGEN DEL “PEGASO” Y PLANO CONSTRUCTIVO DEL MISMO

La máscara de oxígeno había desaparecido de su rostro inmediatamente, su estancia en el interior de la cámara se le comenzó a hacer interminable y las preguntas comenzaron a fluir en pos de más datos sobre aquel hallazgo. Tras haber nombrado Jordi el tema, los torpederos “Pegaso” e “Impetuoso” comenzaban a navegar de nuevo, de momento virtualmente por el interior de la cámara hiperbárica, convirtiéndose en protagonistas de una nueva historia que se prolongaría por espacio de más de tres largos años, en cuyo transcurso se pasaría del mayor optimismo al más bajo nivel de ánimo. En más de una ocasión se desearía abandonar el proyecto de búsqueda  y dejar ambos barcos en el más profundo de los abismos. Pero la derrota es dura y más cuando se está convencido de la posibilidad del éxito. De este modo, y con la impagable ayuda de todo el equipo se ponía en marcha para lo que presumía el auténtico sabor de una aventura. Cuando hubieron transcurrido unos veinte días del accidente Guido comenzó nuevamente su contacto con el agua y el submarinismo. Fue lógicamente muy poco a poco. No las tenía todas consigo y albergaba un cierto temor. Veinte metros, después treinta, más adelante cuarenta, cincuenta…en fin, que lo tomó con calma. Mientras tanto los contactos con Jordi Moya y Alejandro Fernández, quienes habían comenzado ya a formar parte del futuro equipo, cooperaron a remodelar definitivamente el proyecto de la “Operazione Pegaso”. Habían oído hablar sobre el tema, no directamente si no a través de un programa emitido por alguna cadena de televisión en el cual hablaban del coralero. Comenzaron las gestiones cerca de marinos y diversos archivos. Los primeros resultados eran francamente negativos y desalentadores. Un almirante ya jubilado recordaba algo sobre el tema, aunque estaba convencido de que nada había sucedido por estas aguas y los barcos habían vuelto a puertos italianos. Otro, sin embargo,aseveraba lo contrario: los buques habían sido hundidos en aguas españolas y, en su tiempo, habían sido objeto de una investigación. Claudio Corti, veterano profundista al servicio de la revista SUB comenzó a realizar por su parte diversas investigaciones que darían como resultado dos nombres: “Pegaso” e “Impetuoso”, dos torpederos que, efectivamente, habían sido hundidos a propósito por sus respectivos comandantes. Existía igualmente una fecha: 11 de septiembre de 1943. Pero no existían las coordenadas geográficas necesarias que permitieran trasladar a la carta náutica el lugar exacto en que fueron hundidos. En publicaciones de la Marina italiana se decía que habían sido hundidos fuera de las aguas jurisdiccionales españolas, posiblemente a lo ancho de la bahía de Pollença, en una profundidad superior a los 100 metros. El siguiente paso sería el Despacho Histórico de la Marina Militar, en Roma, donde Maurizio Macori comenzaría sus investigaciones entre tal cantidad de papeles, legajos y documentos que, de no conocer un poco los hechos y la historia, hubiera resultado muy fácil perderse entre tanto papel convirtiéndose en objetivo totalmente imposible. Sobre el “Pegaso” y el “Impetuoso” encontró un sumario levantado por el hecho de que los respectivos comandantes, el capitán de fragata Riccardo Imperiali y el capitán de corbeta Cigala, no habían cumplido la orden del Alto Mando de entregar las naves a los anglo-americanos siguiendo las cláusulas emanadas del documento del Armisticio del 8 de septiembre de 1943. La documentación hallada fue impresionante, documentación por otra parte considerada hasta hace muy poco como “secreta” y, por lo tanto, de acceso vetado. Se encontró efectivamente muchísima información, pero faltaba lo principal. Algo que en la actualidad es posible obtener simplemente apretando un botón: latitud y longitud. Quizás constara en el cuaderno de navegación del barco que posiblemente se encuentre sepultado entre tanto documento.No pudiendo obtener más información las pesquisas trasladaron su frente nuevamente a Menorca. Por lo menos se contaba ya con la veracidad de que dos buques reposaban en aguas del canal. El siguiente paso sería entrevistar a quienes mejor podrían aportar alguna luz al respecto: los pescadores profesionales. Ellos dejaban caer sus aparejos sobre el fondo o arrastrarlos según fuera el tipo de éstos y, de ser así, muy posiblemente los habrían enganchado en “algo” que se encontrara allí abajo. No se disponía de un minisubmarino al que acoplar una cámara de rastreo ni una sonda suficientemente adecuada para realizar este tipo de trabajos. Tan sólo contaban con mucho entusiasmo y suficiente experiencia subacuática incluso en grandes profundidades, un equipo humano práctico y decidido y un equipo electrónico bastante interesante compuesto por una ecosonda capaz para grandes profundidades y dos GPS con cartografía y plotter. No era mucho, pero tampoco era poco. También se habían fijado un límite: 130 metros, puesto que de lo contrario, ni Claudio ni Guido hubieran podido trabajar correctamente sin peligro, aún a pesar de utilizar trimix. Y suficiente puesto que, de ser cierta la historia del coralero, podrían llegar hasta ellos en el caso de localizarlos. Se hicieron gestiones en Barcelona puesto que el reportaje del coralero había sido emitido en una cadena catalana. Jordi y Alejandro se pusieron en contacto con la secretaría de la televisión catalana para intentar conseguir una copia del reportaje. Los primeros resultados fueron negativos puesto que nadie se acordaba del tema puesto que no era una emisión reciente. Pero hubo una persona que recordó que se había emitido un reportaje sobre coraleros, aunque desconocía dónde podría encontrarse el video y necesitaría tiempo para intentar localizarlo. Del coralero manifestó recordar era de Menorca o de Mallorca. Y, ¿cuántos coraleros pueden existir en las Illes Balears?. Se preguntó a los pescadores de Ciutadella. Ellos, de existir alguno que operase por aquella zona, deberían de conocerlo. Las respuestas fueron vagas y no aclararon nada. Si venía alguno procedía de Roses o de Cap de Creus, en la Costa Brava. A veces no conseguían sus propósitos puesto que, al ser tan límpidas y claras las aguas de Balears, a 75 metros tan sólo se encontraban ramificaciones coralinas muy pequeñas. Para localizar el coral del tamaño deseado había que bajar hasta los 100 metros. Y a 100 metros, en Menorca tan sólo trabajaba un coralero que residía en Mallorca, un tal Ángel, un personaje algo especial que hacía ya algún tiempo que no trabajaba por esta zona. Para trabajar la zona el equipo SUB disponía de la carta de Menorca y la costa NE de Mallorca, en que el Canal quedaba reflejado en un espacio relativamente pequeño. Carecía de suficiente detalle para servir como base para una operación de tal envergadura. La plataforma submarina aparecía muy monótona y sin detalle, variando su sonda entre los 80 y los 130 metros. Por un momento Guido se imaginó en el interior de los comandantes de los barcos buscados. Si se deseara hundir rápidamente el barco para que el enemigo no pudiera recuperarlos ¿dónde hundirlos?. Con el compás y la regla trazó una larga línea que le llevara cuanto antes a sondas superiores a los 100 metros, partiendo de la base de que un buque de guerra de aquellas características tendría una capacidad de maniobra inmejorable, capaz de permitirle navegar sin riesgo de encallar en cualquier lado al abandonar la bahía de Pollença. El espacio era inmenso y, en algún pequeño punto de aquella carta, se encontraban los barcos buscados. El siguiente paso llevó a nuestro protagonista hasta Mallorca para averiguar dónde podía encontrar al coralero Ángel. Pero ¿qué Ángel?. Nadie conocía a Ángel ni había oído hablar de él. Lo que faltaba. Pero, ¿no habían coraleros en la zona?. Sí, los había, y trabajaban entre 60 y 75 metros. Y ¿existía por lo menos algún coralero que trabajara a aquella profundidad?.

CLAUDIO CORTI (EN EL MUELLE) Y GUIDO PFEIFFER (A BORDO) PROFUNDISTAS QUE BAJARON A LOS PECIOS

CLAUDIO CORTI (EN EL MUELLE) Y GUIDO PFEIFFER (A BORDO) PROFUNDISTAS QUE BAJARON A LOS PECIOS

Efectivamente, había uno, un tipo original y particular que se llamaba “Quino”, posiblemente originario del norte del país, aunque residente en Alcúdia. Nuevamente serían Jordi y Alejandro quienes darían con el quid de la cuestión. Y todo ello gracias a otro médico conocido de ambos que manejaba una cámara hiperbárica de Mallorca. Existía un tal Joaquín Ángel Rodríguez Castelao, de unos 65 años de edad. El coralero Quino era muy conocido en los ambientes marítimos tanto de la península como de las Illes Balears al ser un submarinista que descendía para trabajar a sondas incluso superiores a los 100 metros de profundidad utilizando tan sólo para respirar aire atmosférico. Más o menos, una especie de fenómeno viviente. En Menorca se le conocía como Ángel y en Mallorca como Quino (de Joaquín) pero, sin duda, se trataba de la misma persona. Este hombre trabajaba siempre sólo y llevaba montada en la popa de su embarcación una cámara de descompresión que manejaba él mismo desde su interior. Se dice que en cierta ocasión y estando dentro, se desató un temporal bastante importante y que cuando intentó salir no podía abrir la escotilla de acceso. Parece ser que faltó muy poco para que su barco, totalmente a merced de las violentas olas, naufragara. Encontrar a Quino había sido difícil pero hablar con él resultaría aún bastante más complicado. Tanto Jordi Moya como Alejandro Fernández poseían el número de su teléfono móvil pero, cada vez que intentaban ponerse en contacto con él, o no contestaba o se encontraba fuera de cobertura. Por fin un día contestó. Era él en persona. La pregunta fue formulada con cierta intranquilidad: ¿Conocía la situación del pecio de los dos buques de la armada italiana?, ¿podrían hablar personalmente sobre el tema?. En principio todo parecía afirmativo, por lo que Guido, junto con su inseparable Claudio Corti y Maurizio Macori decidieron embarcar en el “Nura Nova” y atravesar el canal tras acordar una cita en el puerto de Alcúdia. Guido conocía perfectamente al barco de Iscomar puesto que bastantes años atrás había navegado a bordo del mismo cuando cubría el trayecto entre Piombino y la isla de Elba. Incluso se emocionó cuando al acceder a bordo del mismo descubrió sendas cartas náuticas de la isla toscana en el bar y en la sala de pasajeros.Llegando a Alcúdia descubrieron a Quino desde lo alto del barco. Tenía que ser él puesto que era el único que esperaba apoyado en un vehículo de la misma marca y color que les había anunciado. El hombre no aparentaba la edad que se decía tenía y se le veía fuerte. Tras los saludos de rigor y siendo la hora adecuada para ello se sentaron los cuatro en un restaurante frente a un plato de suculento marisco. Había que empezar bien. Tras los preámbulos Quino manifestó que conocía perfectamente la posición de uno de los torpederos y la situación aproximada del segundo. A la pregunta de la situación geográfica les contestó con una contraoferta: se tendría que publicar un extenso reportaje sobre él y sobre los barcos, cuestión que sería aceptada. Intentando saber algo más sobre la situación obtuvieron como respuesta más bien ambigua que los barcos no se encuentran adrizados, sino que están tumbados sobre uno de sus costados en un fondo entre los 95 y 107 metros de profunidad. Por ello, la señal a obtener con los diferentes equipos electrónicos sería más complicada de discernir al no reflejar en la pantalla una silueta fuerte y perfectamente recortada. Uno se encuentra semienterrado en el lodo del fondo, mientras que el segundo se apoya sobre un frontón de roca de forma que la proa aparece lanzada hacia arriba. Además su situación está bastante alejada de la costa. Y tras esta exposición, el más severo silencio. Guido y su grupo convienen con el coralero en llevar a cabo una expedición uno de los próximos días para visitar la zona pero aquel momento no llegaría nunca: un día porque había borrasca y otro porque el motor de la embarcación se encontraba averiado. En una nueva ocasión entraba agua por un manguito y en la siguiente sería necesario un severo reposo del coralero tras un amago de embolia. Y la cámara de descompresión no funcionaba, el agua estaba turbia o habían fuertes corrientes. En fin, que no hubo forma humana de realizar la visita conjunta y los días y los meses continuaban su curso. Sin embargo el equipo de Guido no perdía su tesón si no que, a medida que pasaba el tiempo se hacía más fuerte con la idea de culminar el proyecto fuera como fuera. En el Canal trabajaban muchos pescadores, tanto de Mallorca como de Menorca, y alguno de ellos tendría que haber enganchado sus redes fuera en el “Pegaso”, fuera en el “Impetuoso” en alguna ocasión. Siguiente paso: visitar los muelles de pescadores de los puertos de Alcúdia y de Pollença, puesto que todo apuntaba a que los pecios se encontraban en su zona de trabajo. La mayor parte de los entrevistados desconocían que pudieran encontrarse en el fondo dos barcos de guerra italianos de la última Guerra Mundial. Movían la cabeza negativamente, asombrados, e incluso alguno se interesó por conocér cuál era el posible interés si era cierto que ambos pecios existían. ¿explosivos?, ¿documentos?, ¿un tesoro?, o ¿armas, tal vez?. Dos viejos lobos de mar, pescadores retirados admitieron conocer parte de la historia, situándolos lejos de su costa, más bien cerca de Menorca y a más de 100 metros de profundidad. Sin duda, para ellos, algo inalcanzable. Nadie sabía de cordenadas ni de la situación con respecto a posibles señas de la costa. Pero, ¿nadie lo sabía?… Sí: Quino, el coralero. Otra vez vuelta al principio. José Almagro es el experto fotógrafo submarino de Ciutadella para quien el fondo del Canal de Menorca no tiene secretos. Pero también es un experto pescador de superficie que sabe a simple golpe de vista situarse situando un par de señas. También tiene varios amigos pescadores en Pollença con los cuales podría contactar. Llamadas y faxes. Uno de ellos le remite unas coordenadas y el convencimiento de que pudiera ser uno de los barcos buscados, aunque no es seguro. Los datos serán analizados y trasladados sobre la carta náutica: la posición indicada queda más o menos por la zona en la cual el equipo sospecha desde un principio podrían hallarse los barcos, hacia el norte de la bahía de Pollença y del cabo de Formentor, entre Mallorca y Menorca, en los veriles más profundos de la zona. A partir de ahora se sucederán los viajes de exploración, siempre con la mirada atenta a la sonda y al GPS, pendientes del rumbo que se va marcando en el plotter de a bordo pero, lo que desconoce el equipo de intrépidos submarinistas es que esa aventura que comienzan por mar se prolongará por espacio de tres largos años, con sucesivos viajes, innumerables viajes que muchas veces se verán interrumpidos, bien por averías, e incluso cuando ya se encuentran en la zona por aparecer unas condiciones claramente adversas para el proyecto. Y es que muy poco es suficiente para que no se pueda llevar a efecto una corta, cortísima estancia en el fondo en un veril fluctuante sobre los 100 metros, cargado con el pesado equipo necesario para poder moverse en un ambiente realmente inhóspito para el hombre: corrientes, aguas turbias, falta de luz, peligro de quedarse enganchado en una arista y un sin fin de pequeñas circunstancias que no dificultarían el submarinismo en una profundidad de unos 35-40 metros pero que en los 100 metros se consideran insuperables.Y aún no siendo la estación del año la más apropiada, en cuanto el tiempo lo permitió, se hicieron a la mar desde Cala en Bosc, en la costa sur de Ciutadella, Guido, Flory y Almagro con un destino en sus mentes: un punto desconocido en la mar, en el Canal y a muchas millas de distancia de casa y un objetivo: localizar los pecios de los dos torpederos. Es necesario matizar que muchos de los días no resultaban suficientemente apropiados para realizar inmersiones a gran profundidad, pero sí podían ser útiles para intentar sondar la zona y esperar la aparición en la pantalla el deseado perfil fuerte, indicador de la presencia de un pecio. Los barcos buscados tenían una eslora de 90 metros y una manga de otros 9. Si lo manifestado por el coralero de que uno de ellos se encontraba apoyado sobre un peñasco sumergido, algo tendría que aparecer en la pantalla. Almagro conocía bien el fondo del Canal y sabía de la presencia de escollos y grandes masas de piedra aisladas entre la arena y el fango que no eran muy altas, sino más bien aplanadas. Estas rocas servían fácilmente de refugio a numerosos peces y crustáceos.Por ello, de tropezar con uno de los pecios su identificación tenía que ser suficientemente clara. Cuando la embarcación se encontró a menos de una milla de distancia de la zona a explorar se redujo el régimen de vueltas del motor a fin de comenzar la meticulosa y complicada búsqueda del ansiado perfil.

UNA DE LAS IMÁGENES OBTENIDAS DE LOS PECIOS

El equipo era ajustado a la escala de 120 metros, pero la pantalla no ofrecía eco alguno: estaba claro que se encontraban sobre un fondo que superaba esa marca, y éso que estaban ya a menos de 1.000 metros del punto marcado en la carta. Decidieron rectificar a rumbo E, navegando muy lentamente y observando el entorno desde la embarcación: de Menorca no se distinguía ya ni lo más mínimo, mientras que Mallorca se adivinaba gracias a un suave sombreado ofrecido por el perfil de la Serra de Tramontana. Estaban decididos ya corregir la escala de la sonda cuando comenzaron a aparecer unos leves ecos: estaban llegando las primeras señales del lecho marino: un perfil completamente plano y sin el menor asomo de relieve. Guido comenzó a reavivar su entusiasmo puesto que el fondo disminuía a medida que se aproximaban al punto en cuestión. De pronto la línea tomaba una dirección casi vertical, parecía que se había encontrado algo pero, no, aquello no tenía suficiente altura y sin duda se trataba de alguna roca de las cuales conocían su existencia. Pasando el tiempo aparecía nuevamente un perfil sospechoso que esta vez sí tenía toda la apariencia de un buque. Los abrazos a bordo no tardaron en producirse. Pero, ¿se había localizado realmente el pecio ansiado?. Echando una simple ojeada a los datos de la pequeña pantalla del GPS, se podía constatar que no estaban aún sobre la posición facilitada por el viejo pescador de Pollença. Faltaban aún varios cientos de metros por lo que algo no cuadraba. Pero tampoco José Almagro tenía conocimiento de la existencia de una roca en esa zona y, sin embargo, en la pantalla de a bordo aparecía una curvatura coloreada de un rojo intenso que, de ser todo correcto, señalaría la presencia de una gran masa de hierro: el pecio. Maniobraron con la embarcación y tras pedir al zoom su máxima dimensión, pasaron varias veces sobre el objeto de la imagen calculando que podría tener una longitud de entre 95 y 96 metros, a la par que se estaban moviendo sobre esa misma sonda de profundidad. Si realmente era uno de los barcos, casi con toda seguridad el otro debería de encontrarse a poca distancia del mismo. Con esta idea comenzaron a navegar en espiral a partir del objeto reflectado por la pantalla, abarcando cada vez una distancia mayor, pero el fondo aparecía completamente plano, entre 106 y 108 metros. Al cabo de un tiempo la sonda anunciaba la presencia de un nuevo obstáculo que podría ser el segundo barco. La ansiedad flotaba a bordo puesto que la altura reflejada por ambas imágenes no cuadraba con lo que podían ser dos rocas sumergidas puesto que de tratarse de éstas, no deberían exceder de un par de metros y aquellos dos perfiles rebasaban en mucho esa altura. Para ajustar más las pruebas estuvieron trabajando con unos escandallos que situaban y hacían deslizar sobre los objetos descubiertos a fín de afinar en lo posible los datos. Mientras se encontraban totalmente inmersos en su investigación, el viento había refrescado notablemente y fue a partir de que los fuertes rociones comenzaron a afectar de lleno a la embarcación cuando volverían a la realidad, dando por entendido que por esa jornada se había terminado la aventura, que había que buscar rápidamente la seguridad del puerto y continuar otro día.

PECIOS DE LOS BUQUES ITALIANOS “PEGASO” E “IMPETUOSO”

Permanecieron a la espera de que el tiempo abonanzara, lo que sucedió al cabo de un par de jornadas en que el viento rolaría al E. De buena mañana largaron amarras y se hicieron nuevamente a la mar. En esta ocasión les acompañaba también Vincenzo Palmiotta, un personaje dotado de buen olfato para la meteorología y el bueno de Claudio Corti, dispuesto a mojarse en la expedición. La semirrígida atravesó el estrecho canal que comunica el lago con el mar abierto completamente cargada ya que se transportaban las tribotellas para bajar hasta el fondo, aire de emergencia y para la fase de descompresión, en este tipo de inmersiones, bastante más dilatada. No se encontraba a bordo el complicado equipo de fotografía submarina puesto que, en esta ocasión, se trataba de confirmar que las marcas halladas se correspondían realmente con los dos pecios buscados. Llegados al lugar, en prevención a posibles enrocamientos, dejaron caer al agua dos grandes piedras entalingadas a un grueso cabo de nylon que permitiera fijar en la superficie una boya de señalización lo más verticalmente posible (algo, por otra parte, imposible de lograr si el fondeo utilizado es un ancla), boya a la cual se amarraría la semirrígida. La verticalidad establecería la distancia más corta para alcanzar el fondo en el mínimo tiempo. En la mitad del recorrido se amarró otro flotador de plástico de color amarillo que les serviría para mantener la verticalidad del cabo, y como referencia a la hora de realizar la descompresión.

UNA PERSPECTIVA DEL “PEGASO”

Este tipo de fondeo podría igualmente permanecer en el agua mientras volvían a puerto y no sería necesario localizar cada día el punto exacto. Incluso si la mar se complicaba, bastaría con desamarrar y volver a tierra rápidamente. Se disponían a realizar la inmersión Guido y Claudio, mientras Flory, Almagro y Vincenzo permanecían atentos y a la espera de cualquier necesidad a bordo de la embarcación. Una vez perfectamente equipados y en el agua, desaparecieron rápidamente absorbidos por el azul intenso de las profundidades. Claudio cambió sus botellas de aire por las de mezcla a los 40 metros, mientras Guido lo haría alcanzados los 50. El agua era más oscura de lo esperado y alcanzados los 70 metros, la visibilidad estaba bajo mínimos. Ralentizaron a partir de esos momentos el ritmo de bajada hacia el cada vez más negro abismo. A los 80 el foco de 100 watios comenzaba a señalar alguna mancha más clara hacia el fondo y a los 89 descubrían un impresionante bosque de gorgonias rojas jaspeadas de amarillo fuertemente adheridas a una roca. Pero ¿dónde se encontraba el hierro que parecía reflejado en la pantalla?, ¿dónde estaba el pecio?. Los dos submarinistas se encontraban sobre una roca alargada situada en medio de la inmensidad de la arena. Se giraron levemente alumbrando con sus focos intentando descubrir el entorno y sólamente se podían ver gorgonias bicolor por doquier y cientos de anthyas (pez “tres colas”) que, a su vez, les observaban inmóviles a ellos. Estuvieron recorriendo la zona en el poco espacio de tiempo con que contaban para trabajar en esa profundidad (se habían alcanzado los 95 metros) y no se podía observar nada más. Guido hizo señas a su compañero e iniciaron seguidamente la subida hacia la superficie claramente contrariados. Allí solamente habían preciosas gorgonias, peces y algunas ramificaciones de coral rojo. Un espectáculo que, para otra de sus habituales inmersiones hubiera resultado perfecto pero que, en esta ocasión, quedó reducida a simple frustración. Y a bordo, sus compañeros ni se lo creían. Se comentó que, quizás, habían buscado en el lado equivocado y que, a lo mejor, el barco podía encontrarse apoyado en uno de los extremos de la roca observada. Y decidieron volver a visitar el mismo lugar en la siguiente inmersión.De vuelta al punto a investigar amarraron la semirrígida a la boya que habían dejado en el agua y, tras los preparativos de rigor, volvieron a sumergirse. Recorrerían el otro lado de la roca en forma de barco. El fondo permanecía igualmente sombrío y con tan poca visibilidad como en la jornada anterior. La pared por ese lado caía limpia y en picado sobre la arena desde una altura de unos 5 metros. Las gorgonias se encontraban situadas en la parte alta, desde donde ascendían hacia arriba como si de un auténtico bosque de álamos se tratara. Permanecieron recorriendo esta parte y tan sólo encontraron más ramificaciones de coral rojo realmente hermosas pero, del pecio, nada. Y como en estas aguas la ausencia de viento es algo extraño, ya que lo habitual es que se haga presente cuando menos lo deseas, irrumpió la tramontana, teniéndose que suspender la búsqueda durante una larga semana. En ese tiempo contactaron nuevamente con el pescador de Pollença para revisar las coordenadas no fuera que hubiera un número equivocado lo que desbarataría todos los cálculos realizados. El hombre les confirmó los datos, asegurando una vez más que los barcos se encontraban allí.Pasó el tiempo y, cargadas nuevamente las pilas con grandes dosis de optimismo y esperanza se hicieron nuevamente a la mar para comenzar desde cero en aquella zona. En esta ocasión trabajarían sobre un fondo de 105 metros. El agua se ofrecía mucho más límpida y transparente. Hallaron otra gran colina de roca sumergida con su flora y fauna típicas. Nuevo desengaño. Mientras iban pasando los días se acordaban de Quino y, de tanto en tanto, le llamaban por teléfono intentando llevar a cabo la expedición apalabrada en su día, para la que siempre existían motivos lo suficientemente importantes como para ser pospuesta. Y en la cabeza de José Almagro se encendió una lamparita alumbrando otro nombre de un pescador conocido que, quizás, podría aportarles algún dato: Antoni Cifre Morro. Precisamente el pescador que vio con sus propios ojos, estando a bordo de la barca de pesca de su padre, como el “Pegaso” y el “Impetuoso” se hundían sobre los aparejos de pesca familiares. El mismo citado en el comienzo de toda esta historia. Antonio Cifre tenía cumplidos, ya, 82 años. Pero por aquel entonces tenía 25 y los recuerdos -manifestó- se mantenían aún muy frescos en su memoria. Tras el hundimiento, las tripulaciones se encontraban a bordo de los botes salvavidas de los barcos que, para colmo, tenían los motores averiados, por lo que tuvieron que remolcarlos de vuelta hasta Pollença. El hombre recuerda que los marinos se habían identificado como italianos, que habían recuperado a heridos del “Roma” y que habían venido a refugiarse a Mallorca. Pero también manifestaron que los había que no habían aceptado el hecho de hundir los dos barcos ya que eran dos magníficas naves, cargadas de preciados víveres que habían sido arrojados a los peces, cuando ellos se encontraban hambrientos y faltos de los mismos.La cita con Antoni Cifre tuvo lugar en la terraza del Real Club Náutico de Pollença, tras haberlo hablado tanto con su hija como con su yerno, temerosos de que tales recuerdos pudieran emocionarlo. No era el típico pescador artesanal puesto que, tras finalizar la guerra, se había embarcado de marinero en un barco de vela de un rico americano, habiendo residido al otro lado del Atlántico por espacio de muchos años. El hombre recordaba vagamente el lugar. Bastante alejado de la costa, en alta mar. Situarlo desde tierra era imposible. Quizás, desde una barca en el mar y situándose mirando el perfil de la costa recordaría las señas utilizadas por su padre. Pero su hija, lógicamente, no le iba a permitir que se embarcara debido a su precario estado de salud. Le preguntaron sobre la existencia de algún otro pescador que conociera la posición y contestó que algún pescador de langosta, pero de los que trabajaban en alta mar. O quizás un coralero.

PECIOS DE LOS BUQUES “PEGASO” E “IMPETUOSO”. DETALLES

El coralero Quino. ¿Conocían Guido, Flory, Claudio, José y los demás a Quino?. Decidieron entonces recorrer nuevamente los muelles de los pescadores y continuar indagando, incluso en alta mar por la zona, más arriba o más abajo, de los que se encontraban en la zona. Quizá, alguno podría saber algo al respecto. Prismáticos en mano intentaban averiguar si habían preguntado ya a los que se encontraban trabajando por aquella zona. La respuesta siempre era la misma: “¿Buque de guerra italiano hundido en la Segunda Guerra Mundial?, pero ¿cuándo sucedió éso?. No, no sabemos nada al respecto”. Muchos de ellos ni siquiera habían nacido en aquella época. El problema se complicaba de cada día más y no se atisbaba horizonte claro alguno donde poder agarrarse. José continuó con sus indagaciones con los pescadores de Ciutadella, puesto que también trabajaban o habían trabajado en aquella zona y salieron diversas anécdotas: uno había sacado enganchada a sus redes una ametralladora, otro un casco de soldado, otro un fusil, otro un puñal o una bomba… Cuando se obtenía la posición del punto de la recuperación se marcaba en la carta náutica: todos se encontraban cercanos, pero ninguno coincidía con cualquier otro.Vista la situación de todo lo obtenido hasta entonces, Guido decidió iniciar una nueva serie de exploraciones cada vez que el tiempo se lo permitía e iba anotando en la carta todo lo que encontraba interesante y precisado de una mayor comprobación. Con la sonda, el GPS y el plotter dedicaron muchas jornadas, meses y años en llevar a cabo este proyecto. Con sus altibajos, éso si, pero sin que decayera la esperanza y a provechando cualquier información y dato posible. Gestiones en Maó, Barcelona, Roma y multitud de amigos y aficionados. Siempre recabando datos, comprobando coordenadas y con la ilusión rompiendo cualquier obstáculo que pudiera significar el hundimiento del proyecto. Secciones rocosas en las altas profundidades, bosques de gorgonias, atunes, grandes meros, refugios de langostas, coral rojo… todo este magnífico espectáculo irá apareciendo ante sus ojos en sus inmersiones, muchas de ellas, la mayoría, en solitario, mientras en la superficie Flory, José, Jordi, Alejandro, Maurizio, o quien se encuentre a bordo permanecerán impacientes por conocer los resultados o el feliz regreso a la superficie del amigo y compañero. Abajo, la fría oscuridad de la sonda de más de 100 metros, le va abriendo poco a poco sus inmensos y fascinantes secretos. Sobre todo fascinantes pero, de los pecios interesados, ni el más mínimo rastro. Guido no podía abusar de las inmersiones a tanta profundidad. Claudio tenía su propio trabajo en Italia. Jordi y Alejandro acudían cuando sus respectivas profesiones (la Medicina) se lo permitían, lo cual auguraba una rápida intervención médica si sucedía algo y, entonces apareció en escena su amigo Maurizio Macori quien, no siendo un buceador técnico como ellos, sí era poseedor de unos conocimientos y habilidades en electrónica que ayudarían en parte al proyecto al presentarse con un artilugio de su propia creación. Se trataba de una microcámara instalada en el interior de una linterna submarina que, provista de un cable de más de 100 metros, estaba conectada en una pantalla situada a bordo de la semirrígida, lo que permitiría observar el fondo desde la superficie de resultar interesante sin necesidad de bajar a las profundidades. Y así sucedió: de encontrar algún punto llamativo, se hacía descender el artilugio que captaba la imagen en una posición angular y, con extraordinaria nitidez, permitiéndoles observar peces, gorgonias, arena y rocas pero, de los pecios, nada de nada.

PECIOS DE LOS BUQUES “PEGASO” E “IMPETUOSO” HUNDIDOS EN EL CANAL DE MENORCA

Sin embargo, el artilugio de marras no duraría mucho tiempo porque cierta mañana, de mar algo movida y cielo cubierto por negros nubarrones, al encontrarse explorando una nueva zona donde la sonda había detectado algo extraño que les llamó la atención, se acabaría su historia. Descubierto algún motivo que llamó la atención a los observadores de la sonda se sumergió la microcámara y se comenzó a navegar en circunferencia tomando como centro el punto, intentando reconocer de qué podría tratarse. De pronto apareció en pantalla una línea recta que la atravesaba de lado a lado en diagonal, en medio de un denso bosque de gorgonias. Al principio no sabían de qué podría tratarse pero, tras rotar varias veces sobre ella pudieron constatar de que se trataba de un cable de acero que debía de llevar largo tiempo sumergido puesto que estaba cubierto de incrustaciones. Pensaron que pudiera ser un cable perteneciente al pecio, aunque también podría ser de alguna barca del “bou” que debió enrocarlo y perderlo. Como la mar estaba bastante agitada, en un momento dado la pequeña cámara quedó enganchada al cable del fondo, partiéndose de súbito el cordón umbilical que la unía con la superficie, quedando la pantalla sin imagen y hundiéndose la cámara hacia lo más profundo. Volvieron a investigar entonces el cable descubierto, pudierondo comprobar que se encontraba enganchado entre dos masas pétreas y que nada tenía que ver con lo buscado.Y continuó pasando el tiempo. Las exploraciones se alternaban con otras visitas al “Georgia K”, al “Francisquita”, al “Santa”, al “Ocean Diver” o al “Malakoff”, a obtener fotografías para el pase de diaporamas sobre la Reserva marina del norte de Menorca, de imágenes para las revistas y sus estancias quincenales entre Milán o Cala Morell, dedicado a su trabajo profesional que no podía dejarse aparcado en ningún momento. En el equipo se había integrado otro ciutadellenc: Pere Calafat, más conocido como Pere, que aportaría una gran mano de ayuda a los trabajos de superficie. Iniciado el año 2001 la “Operazione Pegaso” se encontraba en punto muerto. Todos los puntos investigados “in situ” por aparecer como “sospechosos” habían resultado ser masas rocosas, algunas con auténtica forma de barco, recubiertas de frondosa vegetación o albergando cuevas repletas de vida dada la tranquilidad que existe en semejantes profundidades. Últimamente se estaban analizando fondos de 95 a 110 metros y habían llegado a la conclusión de que ningún pescador de langostas conocía la posición exacta de los dos pecios. Desde luego éstos estaban convencidos de conocerla porque existen rocas que se asemejan mucho a un barco, las cuales les habían dado suficientes problemas al enganchar sus aparejos pero, tras bajar Guido o Claudio a inspeccionarlas haciendo una inmersión, habían comprobado la auténtica realidad. Una de las últimas aportaciones las haría otro pescador jubilado, Ignacio Bonas, que cuando tuvo lugar el hundimiento era un niño. El hombre aportaría unas señas de las que suelen tomar los pescadores de las Illes Balears, que situaría el punto exacto tras alinear algo que denominaría “palo” con alguna de las cumbres situadas a lo largo del cabo de Formentor (que por cierto, son varias), mientras la farola del puerto de Alcúdia debería verse o no desde ese punto. Por cierto, que tales señas estaban tomadas desde otra zona del Canal.En las jornadas siguientes trataron de descifrar las señas facilitadas por el pescador contando con la ayuda de Almagro pero aquello no acababa de funcionar. Realizaban cálculos y trazados en base a todas las posibles hipótesis en tierra, fuera en casa o en la misma mesa de un bar, para poder comprobarlos posteriormente en la mar. Y no. Aquello no pegaba ni con cola puesto que cuando se encontraban más o menos en el punto supuesto, teniendo la profundidad conocida, apenas se veía la tierra. Se estuvieron desplazando en uno y otro sentido sin obtener el mínimo resultado que albergara una pequeña, una mínima, luz de esperanza. Y cuando menos se lo esperaban llegó una providencial llamada telefónica desde Barcelona a uno de los dos móviles del tándem Moya-Fernández: su contacto en la televisión catalana había logrado encontrar, al cabo de unos meses, aquella cinta que un día solicitaran y que contenía el reportaje emitido sobre el coralero en la cual se mencionaba la existencia de los dos pecios. Lo primero que hicieron fue solicitar una copia de la misma para poder observarla con total tranquilidad, copia que les fue remitida previo pago de unos derechos. “Todos nos pusimos frente al televisor para observar las evoluciones de Joaquín Ángel Rodríguez Castelao en los fondos submarinos del Canal de Menorca.

“PEGASO” E “IMPETUOSO”. LOS EFECTOS DEL PASO DE LOS AÑOS SON PERFECTAMENTE VISIBLE

Ciertamente tenía menos años que ahora sobre sus espaldas. Se le veía evolucionar entre nubes de anthyas junto a un frontón que bien podía ser una roca cualquiera como uno de los pecios de nuestros barcos. ¡Que emoción!”, manifestaba Guido mientras continuaba desmenuzando su interesantísima aventura. Éso sí: siempre mostrando su agradecimiento a todos los elementos del Equipo SUB que iban alternándose en la historia según fuera su aportación y el momento en la misma.Una idea tenía en sus cabeza, y era la posibilidad de definir la zona exacta de la costa que podía observarse a través de la filmación que se intuía realizada desde el punto de inmersión. Desde luego que las imágenes submarinas no iban a servir para nada, ello es obvio, pero si se podía ver la zona de la costa mallorquina que quedaba al fondo de la imagen posiblemente sí servirían si los miembros del equipo eran capaces de identificarla. Se confiaba en la facilidad para ello de Almagro, acostumbrado a guiarse por el perfíl de la isla vecina.Cuando apareció en la pantalla un plano del fondo del paisaje lo fotografiaron y lo aumentaron suficientemente para trasladarlo sobre la carta marina una vez identificadas las montañas que aparecían. La regla, el compás, el trazador de rumbos, el lápiz y la goma sacaban chispas, mientras los corazones de quienes se encontraban alrededor de la mesa aumentaban el ritmo de sus pulsaciones. ¿Habría suerte y se daría por fin con aquellos puntos cubiertos por toneladas y más toneladas de agua?. Ni que decir tiene que la moral se encontraba una vez más en su punto más álgido y, cualquier nueva salida a la mar rompería la monotonía de todas las últimas. En los siguientes días navegaron hacia arriba y hacia abajo a lo largo del sector de litoral existente entre Alcúdia y Pollença intentando obtener el perfil que aparecía reflejado en la fotografía digital obtenida de la imagen de la pantalla del televisor. Si lo conseguían intentarían llevar a cabo la obtención de una situación bien por dos marcaciones a puntos de la costa, o bien por enfilaciones. Aquellos primeros resultados serían negativos a pesar de los esfuerzos de Almagro y de los de Pere Calafat quien, a pesar de tener a su cargo la asistencia en superficie y manejo de la embarcación, con sus reconocidas dotes personales dada su trayectoria personal como profesional de la pesca, podían ser sumamente efectivas a la hora de sumar esfuerzos. Pero las primeras pruebas les llevaron a un fondo de algo más de 90 metros y lodo. Ni tan siquiera una triste roca alteraba aquella línea totalmente plana que ofrecía la imagen de la sonda de pantalla. Pero el equipo no perdía la esperanza ni el optimismo inicial: después de todo, aquello podía considerarse como algo completamente normal. Una vez en tierra y frente a la pantalla del televisor de cala Morell decidieron rebobinar una y otra vez más la cinta y a volver a observarla nuevamente. Cada uno sacaría sus connotaciones y, al final, habría debate y se obtendrían nuevas conclusiones. Algo no iba bien y era necesario averiguar de una vez por todas de qué se trataba. Quino aparecía a bordo de su embarcación. Podía observarse la cámara instalada en su popa y se veía un fondo costero, quizás con más profundidad que como se podía observar desde la embarcación. De acuerdo con lo sugerido por Almagro se decidió realizar un sensible cambio al sistema de trabajo al utilizado hasta ahora. La salida era siempre matinal, con el fin de que a la salida del “embat”, el conocido y molesto viento terral muy característico en la costa de Mallorca y que levanta una picada marejadilla, el trabajo hubiera ya finalizado y se pudiera regresar a puerto. Y es que Guido no sale con su barca como es lo normal en un navegante deportivo clásico, que pasa el día en la mar. Su sistema de trabajo le hace zarpar a primeras horas de la mañana para llevar a cabo el tipo de inmersión interesada para la jornada y a las tres de la tarde se encuentra ya en casa comiendo en su comedor tranquilamente sentado. Pues en esta ocasión actuarán de diferente manera: saldrán por la tarde en que las brumas típicas matinales se habrán disipado y podrán escrutar mejor la costa de Mallorca.Cuando ese día a media tarde llegaron al punto en que habían estado trabajando los precedentes les pareció encontrarse en otro lugar, con una imagen mucho más clara, de tal forma, que había aparecido un fondo que por las mañanas había estado siempre oculto. Lo que tenían en esos momentos ante sus ojos era una fotografía perfecta en nitidez y contraste y coincidía en lo observado en la imagen del televisor. Porque lo que habían estado observando hasta entonces eran simplemente las bases de las diferentes montañas buscadas que, precisamente por ese motivo, aparecían totalmente diferentes a como eran en realidad al tener recortadas completamente sus cumbres ofreciendo con ello un perfil diferente e imposible de identificar y menos aún corresponderse con el de las imágenes del video tantas veces ya visualizado. Volvieron entonces a situarse guiándose por el perfecto perfil y relieve que tenían ahora frente a sus ojos y pusieron en marcha la sonda de pantalla de a bordo, la que tantas y tantas veces les había ofrecido el perfil completamente plano: como por encanto, ante sus ojos comenzaba a reflejarse perfectamente lo que sin duda era el perfil de un pecio correspondiente a un buque hundido. El fondo era de 96 metros y el perfil ascendía rápidamente hasta los 87 y nuevamente bajaba hasta los 95. La imagen era de un intenso color rojo, como tan solo un perfil de un pecio de un buque de casco de acero es capaz de ofrecerlo, mientras en todo su contorno podía observarse una fina y difuminada aureola indicativa de la presencia de infinidad de peces. Decidieron tomar medidas y realizar una serie de pruebas y comprobaciones a fin de evitar en lo posible un nuevo desengaño. Pero esta vez todo concordaba perfectamente: estaba claro que el pecio había sido descubierto. Inmediatamente se pusieron a realizar una serie de nuevos cálculos porque si el hallado pertenecía a uno de los barcos buscados, inevitablemente y, según manifestó en algún momento el coralero, el segundo debería de encontrarse en un radio de más o menos quinientos metros del primero. La embarcación fue puesta nuevamente en marcha para seguir un rumbo que tomaron como el más probable que podría haber realizado el otro buque. Un par de cientos de metros navegados desde el punto en que se encontraba el primero y la pantalla volvió a dibujar otro perfil rojizo que desde los 97 metros, pasaba casi inmediatamente a los 90 para, poco después, descender hasta los 100. También se podía observar una aureola indicadora de infinidad de peces a su alrededor, lo que podría significar la presencia del segundo de los pecios buscados.

OTRO DETALLE OBTENIDO DURANTE LAS INMERSIONES LLEVADAS A CABO A AMBOS PECIOS

Pero la coloración no tenía la consistencia del primero. En cualquier caso un aspecto estaba perfectamente claro: para resolver la incógnita la única solución fiable y, por lo demás, completamente veraz, que permitiera afirmar que lo encontrado en esta ocasión eran los dos torpederos italianos “Pegaso” e “Impetuoso”, pasaba por realizar las necesarias comprobaciones reales para aclararlo de una vez por todas y ésto tan sólo se podía lograr de una manera: bajando hasta ellos y de este modo ratificarlo. Para ello fue organizada una nueva inmersión en el primer punto observado, en el que la imagen se correspondía con lo observado en el video sobre las andanzas del famoso coralero. Aquella mañana zarparon desde el puerto-base de Cala en Bosc con el ánimo de los vencedores y una vez fuera del canal de acceso dieron rumbo, velocidad y distancia para dirigirse directamente hasta el punto a explorar. Aquel día la mar estaba completamente llana.En la superficie el agua estaba limpia y luminosa. Muy transparente. Sin embargo, alcanzada la cota en que tenía que cambiar Guido las botellas de aire atmosférico por las de mezcla, a unos 50 metros, se encontró con una densa capa de plancton que actuaba a modo de intenso filtro. A través de él, el haz luminoso de la linterna penetraba como una hoja de cuchillo. La distancia que le separaba del fondo del canal se iba acortando a pasos agigantados y, de pronto, se encontró frente al enorme responsable de la imagen que aparecía en la pantalla de la lancha como una fuerte silueta de color rojo. ¿Se trataría en esta ocasión del ansiado pecio buscado desde hacía ya tantos años?. “A los 90 metros de profundidad pude observar que aquello tenía la forma de un gigantesco pan en cuya parte superior se encontraban perfectamente adaptadas algunas familias de gorgonias. No parecía un pecio, ciertamente, lo cual me tenía completamente confundido. Pero ¿cómo podía ser?. Lentamente puse pie sobre aquel descomunal escollo: mi ordenador de muñeca indicaba 95 metros. Se trataba, una vez más, de una gran formación rocosa llena de agujeros la cual recorrí con mi linterna observando en su interior hermosas ramificaciones de coral rojo, grandes como una mano, de las cuales afloraban hacia el exterior las ramificaciones más jóvenes. Me volví lentamente intentando descubrir el resto del contorno y, aunque la visibilidad era entonces muy limitada no por ello, perdí la evidencia de que aquello no se trataba de un buque hundido. Hubiera podido coger un hermoso coral que tenía ante mis ojos pero el no disponer de ninguna herramienta que me permitiera hacerlo limpiamente sin romperlo, el carecer de una bolsa donde meterlo y lo lastimoso que resultaría estropear aquella forma de vida tan hermosa me hizo desistir rápidamente de cualquier intento”. Tras ello, los interminables minutos de descompresión y llegada a la superficie. Flory, Pere y Vincenzo estaban apoyados en la borda ávidos de noticias: ¿se trataba del “Impetuoso” o del “Pegaso?. Pues ni uno ni otro. Aquello resultaba ya increíble. Parecía como si el Destino quisiera por todos los medios que no fueran descubiertos y aquellos cascos continuaran para siempre sumidos en lo más profundo y oscuro de los abismos. Pero no decayeron -una vez más- los ánimos del equipo y mientras navegaban hacia la costa comenzaron a preparar planes para la mañana siguiente. Tenían buen tiempo y los partes anunciaban que la situación continuaría en las jornadas venideras. Había, pues, que aprovechar la benevolencia de la mar y a la mañana siguiente se dedicarían a explorar el segundo objeto observado y que tenían señalado con un casi imperceptible puntito a lápiz en su carta de navegación. Por si acaso, también estaba perfectamente memorizado en el GPS de a bordo.Al amanecer largaban amarras rumbo al Canal. En esta ocasión Alejandro Fernández se había unido al equipo para garantizar la asistencia médica a Guido en la superficie, aunque bajaría a esperarle en el veril de los 50 metros y de este modo le haría compañía mientras pasaran los interminables minutos. Éste, de no descubrir lo que estaba buscando, aprovecharía la inmersión para inspeccionar el estado del “muerto” que tenían fondeado y que les servía de “seña”. A pesar de resolver explorar el segundo punto, lo cierto es que ninguno confiaba en el éxito de la misión, a tenor de las ilusiones precedentes. Llegados al lugar y amarrada la embarcación a la boya se efectuaron rápidamente los preparativos: Guido se colocaba un “jacket” (traje de neopreno) técnico, una tribotella de 40 litros, dos botellas auxiliares de 10 litros cada una y se lanzaba al agua con Alejandro que se había “vestido” para la ocasión con un traje seco y una monobotella. Guido a su lado se sentía como si fuera un buzo del siglo pasado debido al peso de su equipo. Para no perder el contacto con su compañero se inició la inmersión pausadamente hasta alcanzar a los 50 metros en que la tribotella sería sustituida por el trimix y tras hacer un gesto de despedida con la mano a Alejandro, Guido continuaba su bajada hacia el abismo en solitario, no tardando en encontrarse nuevamente envuelto por el banco de plancton que le reduciría extraordinariamente la visibilidad. El potente foco de la linterna de mano comienzaba a ser del todo necesario. A los 70 metros no se podía observar nada más que el denso manto oscuro que como telón le limitaba el camino. Pasados los ochenta y cinco Guido sintió una extraña sensación: llegó a pensar por un momento que la mezcla de gases le estaba haciendo ver alucinaciones. ¿Acaso no habría realizado bien la mezcla a pesar de los meticuloso que era con el ordenador que se encargaba de controlarlo?. Porque sin duda, lo que estaba viendo clarear en ese preciso momento delante de su máscara tenía toda la maldita pinta de ser el casco de un barco que se encontraba apoyado en el fondo sobre uno de sus costados. Con la normal aprensión de quien sabe que algo extraordinario está ocurriendo continuó su descenso lentamente: “Noventa metros. Casi no podía creerlo. Tenía por fin ante mi a uno de los dos torpederos…”. Muy cerca de él y hundido en el fango se encontraba el pesado escandallo de plomo que unido a un cabo llegaba hasta la superficie y que se utiliza para marcar su posición y como referencia para la subida. Tocando con sus manos el barco, se preguntaba cuál de los dos podía  ser el que tenía ante sí.No se veía una superficie limpia, sino que se encontraba llena de grandes volúmenes de metal de diferentes tamaños, todos ellos recubiertos de numerosa vegetación y de moluscos bivalvos. Guido se encontraba entre entusiasmado y gratamente confundido y poco a poco iría reconociendo los diferentes perfiles y siluetas que se abrían ante sus ojos: barandillas, cañones, herrajes de cubierta, torreta, éso sí,todo ello rodeado de una oscuridad fantasmagórica. Sin embargo no veía ningún pez.

PECIOS DE LOS BUQUES DE LA ARMADA ITALIANA “PEGASO” E “IMPETUOSO”

Resultaba extraño y se preguntaba en qué parte del barco se encontraba. Maniobró lentamente hasta situarse de modo que el casco le quedara a su derecha. Entre la corriente y las numerosas burbujas de aire la visibilidad se hacía muy difícil. De pronto enfocó con la linterna un gran banco de anthyas que le estaban observando a él. El banco permanecía perfectamente inmóvil y su sombra quedaba proyectada sobre la estructura del torpedero.Tras moverse unos diez metros en sentido longitudinal, pronto pudo reconocer el inconfundible y familiar perfil de un grueso cañón. Y un poco más allá una antena arrancada de una cruceta y apoyándose en el fondo. Por delante de la antena se descubría una inmensa masa metálica que bien pudiera ser la chimenea del barco por su igualmente inconfundible perfil. Por ello se deducía que lo siguiente en aparecer sería el puente, como así sucedió. Lo imaginaba imponente y casi no lo podía ver puesto que se encontraba en su mayor parte hundido en el lodo. Se podían observar las formas cuadradas de los ventanales de la posición del timonel, con los cristales y sus molduras completamente intactos, aunque mirar a través de ellos resultara totalmente imposible al estar recubiertos de sedimentos e incrustaciones.Guido continuó con su minuciosa exploración, intentando encontrar la puerta de acceso al puente que, a través de los diversos estudios llevados a cabo en planos e imágenes del barco, se correspondía con un pequeño “bacalao” o balconcillo lateral, pero no logró encontrarla. Sin embargo sí logró identificar (con reservas, al principio) el pecio como el del “Pegaso” por la forma de la torreta, puesto que la perteneciente a éste tiene un saliente hacia proa, como si fuera una cafetera o una jarra, mientras que la correspondiente al “Impetuoso” era completamente redonda al no disponer de saliente alguno. Gracias a estas identificaciones pudo confirmar definitivamente que el barco se encontraba apoyado sobre su costado de babor. Por ello, de continuar hacia adelante hubiera llegado a la proa pero el tiempo pasaba rápidamente y había que pensar en volver a la superficie. Dando media vuelta comenzó a retroceder atravesando el banco de anthyas que se había mantenido inseparable durante su estancia en el fondo. En una de las cubiertas descubrió una hilera de “ojos de buey” con sus bordes irregulares por causa de las incrustaciones. Se encontraban todos abiertos y en su interior aparecían infinidad de pequeños peces de color rosa cubriendo mamparos y proyectando a su vez sombras que hacían aumentar aún más la confusión del observador. Porque el recinto se encontraba lleno de formas de objetos desordenados, desparramados y cubiertos de fango lo que, de haber penetrado en su interior y haberse removido, hubiera supuesto una gran contrariedad y peligro. Se supone que, tras el enorme impacto ocurrido contra el fondo, muchos objetos fueron desplazados de su lugar creándose una gran confusión. Ahora se encontraba todo recubierto de lodo, vegetación y, en los espacios libres, millares y millares de pequeños peces. La profundidad máxima alcanzada había sido de 98 metros y el tiempo en que se ha realizado toda esta inspección -una vez llegado al fondo- algo más de diecisiete minutos.Mientras tanto Alejandro, que había permanecido estático suspendido a 50 metros de la superficie, sobre un abismo negro como la noche, comenzaba a preocuparse. Le había visto sumergirse y había seguido la luz emanada de la linterna de 100 watios de potencia que cada vez se había vuelto más débil hasta quedar absorbida por la negritud. No podía ver ni oir las burbujas del autorespirador de Guido porque una fuerte corriente las desviaba de su posición. Tan sólo podía escuchar las suyas propias. A 50 metros, carente siquiera de un pequeño punto que sirviera de referencia o dónde dirigir la mirada, aquellos simples diecisiete minutos se le habían hecho realmente interminables. Por fin pudo observar una serie de burbujas que subían hacia su posición cerca de la línea que unía el fondo con la superficie, descubriendo poco después que también comenzaba a percibir un reflejo luminoso allá abajo hasta reaparecer de nuevo el familiar haz de luz de la potente linterna de su compañero. Alejandro respiró tranquilo: su amigo volvía a la realidad, a la superficie. Llegado a su misma altura, Guido no respondió inmediatamente a los gestos de curiosidad de su compañero que quería saber si el resultado había sido positivo. Simplemente y con total naturalidad efectuó el cambio del equipo de respiración trimix por el de aire atmosférico. Después, con los dedos hizo una señal negativa a su compañero, aunque sus ojos delataban una inmensa alegría y no rabia ante un hipotético fracaso. Alejandro, que no tiene un pelo de tonto, se dio cuenta inmediatamente de la broma que le estaba gastando su amigo y, presa de gran emoción, levantó rápidamente su puño en alto en señal de victoria. Estaba claro que la paciente búsqueda estaba dando sus frutos premiando a la también innegable constancia y que, a no mucho tardar,  se encontraría el pecio del segundo barco.

DETALLE OBTENIDO EN LOS PECIOS DE LOS BUQUES “PEGASO” E “IMPETUOSO”

Ese día era el 23 de junio de 2001. Desde que se comenzó a diseñar la “Operazione Pegaso” habían transcurrido ya casi tres años. Guido se encontraba en la última fase de descompresión y Alejandro, que había ya finalizado, no había podido esperar más y sacando la cabeza fuera del agua, había comunicado a los que se encontraban a bordo (hay que decir que con el corazón compungido esperando un enésimo fracaso), la buena nueva. Una vez todos a bordo de la embarcación las felicitaciones y celebraciones no se hicieron esperar. Se había dado, contra viento y marea, un gran y soberbio paso.Una vez en tierra comenzaron a sopesar la nueva situación y a planificar lo que había de hacerse de ahora en adelante. Una cosa estaba más que clara: habían localizado a uno de los torpederos y, por los escasos datos que se habían podido cotejar, se podía identificar muy bien como el “Pegaso”. El barco no se encontró en ninguno de los lugares descritos tanto por pescadores como por testigos, si no que el descubrimiento obedecía a la obtención de unos cálculos imaginarios a partir de la visualización de un vídeo producido por una cadena de televisión y tras hacer funcionar las mentes de todos los miembros del Equipo SUB. Saber que se trataba del “Pegaso” era debido a la comprobación de fotografías facilitadas por el Archivio Storico della Marine Militare. Los dos buques buscados eran muy similares, casi gemelos, aunque una diferencia estribaba en las torretas, en que uno, el “Pegaso” tenía un apéndice hacia proa, mientras la del “Impetuoso” era totalmente lisa y redonda. El primero tenía los bacalaos (balcones laterales del puente) redondeados, mientras el segundo los tenía cuadrados. Y no se podía comprobar el nombre en el casco, desaparecido tras más de 60 años hundido y, muy posiblemente, pintado en su día, en lugar de troquelado y soldado. Los botes de salvamento, que quizás podían haber servido para ello pues el nombre figura en sus amuras o aletas, tampoco estaban. Unos habían sido utilizados para recoger náufragos del “Roma” y los otros para volver a tierra junto con el material a salvar. Se pensó en la campana de a bordo, pero se trataba de un instrumento optativo. Las siguientes exploraciones tuvieron lugar bastante dilatadas entre si, por viajar a Italia, por el trabajo, por la tramontana, el llebeig, el xaloc o el mestral. Encontrándose el Canal de Menorca bajo la influencia directa del peligroso y temido golfo de León, lo normal, es que el día de la salida programada algún viento impidiera llevarla a cabo. Las siguientes visitas sirvieron para engrosar el expediente más que nada fotográfico y siempre pendiente de nuevas inmersiones.Con los temporales el sistema de balizamiento desaparecía o era desplazado fuera de lugar. Cada vez se tenía que resituar la embarcación de nuevo e intentar reponerlo. Al final adoptaron otro sistema: un escandallo en forma de cilindro de plomo de unos 15 kilos de peso unido a la superficie con un cabo adecuado que finalizaba en una boya anaranjada. Finalizada la inmersión el equipo era levado a bordo mediante una maquinilla eléctrica. El caso era que cada vez se bajaba sin conocer exactamente en qué parte del casco iban a poner los pies (por decirlo de alguna manera). El nombre del barco, aunque se intuyera, se desconocía formalmente, y lo que habían hallado se asimilaba bastante a la fantasmagórica imagen de un cuerpo en descomposición. Algunas estructuras se habían desmoronado, o estaban siendo devoradas por la herrumbre, mientras otras se encontraban recubiertas de fango espeso y viscoso que harían recordar el malparado vendaje de una momia. Algunas zonas aparecían taladradas por multitud de orificios producto de alguna ametralladora: hay que recordar que el barco había tomado parte activa en el combate del cual había salido bastante mal parado. Los restos de la batalla eran evidentes.En una de las inmersiones llevadas a cabo con Claudio Corti, pudieron constatar la presencia de una pieza de artillería montada sobre una plataforma elevada que habría sido utilizada en el “Impetuoso”. “Ello nos haría dudar sobre la identidad del barco hallado. Estábamos trabajando sobre fotografías y sobre un pecio bastante destruido. Era evidente que teníamos que reconocer perfectamente la zona de la torreta la cual nos sacaría de aquel mar de dudas” -manifestaría Guido. Pero una vez caían sobre la popa, otra sobre la proa, otra en la chimenea y si se encontraban próximos al objetivo, salía cualquier detalle que les hacía perder un tiempo precioso que no daba ya para más y tenían que comenzar nuevamente el ascenso. Decidieron concentrar su investigación en la popa, pero no se veía nada. Un antiguo marino les indicó que existía la costumbre de grabar el nombre del barco sobre las hélices, de lado y en dirección a la proa. Tan sólo permanecía visible una, recubierta por un gran amasijo de moluscos adheridos. La otra estaba completamente enterrada en el fango. Se probaron diferentes formas para descubrir las letras identificativas pero todo resultó inútil. Durante otra inmersión, pudieron comprobar al llegar al fondo que el escandallo no había caído en esta ocasión sobre el pecio debido a las fuertes corrientes dominantes, que le afectaron mientras bajaba. Sin embargo, la sombra del barco se distinguía perfectamente a unos veinte metros de su posición, por lo que Claudio se dirigió directamente hacia el mismo. Cuando lo alcanzó Guido no vio a su compañero por lo cual se dedicó a obtener una serie de fotografías tras ir identificando diversas partes del barco. Tras un espacio razonable de tiempo llegó su compañero, que le había descubierto gracias al haz luminoso de su linterna. Claudio tenía la suya apagada. Le manifestó que había visto la hélice y reconocido la popa.Poco a poco irían reconociendo las diferentes partes del buque, aunque nunca podrán observarlo todo debido a la prohibitiva profundidad y a los peligros que encierran este tipo de inmersiones. Los compartimentos se encuentran llenos de fango que al menor movimiento enturbian completamente el agua y llenos de millares y millares de pececillos que habitan el pecio del cual no se separan nunca. Se encuentran tan cerca unos de otros que se transforman en una auténtica malla impenetrable que impide ver nada de lo que pueda encontrarse tras ellos. Guido: “En otra ocasión bajé solo y me detuve en la popa dispuesto a inspeccionar el grueso y sólido cañón que aún se encuentra perfectamente emplazado sobre la misma. Un grandioso banco de anthias y peces plateados me impedían observar más allá de un metro de distancia, a pesar de la potencia de mis lámparas. Me paré y les hice apartar con un brazo, observando una gran mancha oscura. Me acerqué y descubrí un gran agujero: desde su interior dos grandes meros me estaban contemplando impávidos con sus grandes y salientes ojos. De no ser por la potencia de la linterna no los hubiera descubierto. Lentamente se dieron la vuelta hundiéndose en la negrura de la abertura, capaz de permitirme entrar a inspeccionarla sin el temor de poder quedar atrapado. Muy posiblemente había sido abierta por una bomba que había dado certeramente en la popa del torpedero. Con el impacto se había cargado dos cubiertas pero no había afectado al casco como para producirle una peligrosa vía de agua. Bajo cubierta discurrían dos pasillos que por ambas bandas se dirigían hacia el centro del barco. Los pasillos habían resistido el paso del tiempo y se podían ver diversas conducciones tubulares. Seguí a los dos meros hasta que los perdí nuevamente de vista tras sumirse en la oscuridad. Me encontraba en una zona que sin duda debía tratarse de la sala de máquinas: platinas, engranajes, calderas. Tenía mis dudas y avancé un poco más. El pasillo se estrechaba y había mucho lodo que se removía y dificultaba mi visibilidad. Decidí optar por dar media vuelta y volver al exterior”. 

OTRO DETALLE OBTENIDO EN LOS MISMOS PECIOS: ORIFICIO DE PROYECTIL

Llegado a casa, Guido y Flory se dedicaron a repasar minuciosamente los planos que tenían en su poder y tras una nueva visita al puente del barco, dieron como definitivo que el mismo era exactamente el “Pegaso”, tal y como habían supuesto desde el principio.Tras tres años de búsqueda, el hallazgo del “Pegaso” había hecho imaginar al Equipo SUB que se encontraban al final de sus peripecias puesto que se daba por bien seguro que el torpedero gemelo, “Impetuoso”, no podía hallarse muy distante del encontrado. Mucho tiempo había pasado ya desde que aquella noche zarparan silenciosamente flanqueando la larga y espaciosa bahía de Pollensa, una vez desembarcada la mayor parte de su tripulación y los heridos del acorazado “Roma”, Ya en aguas libres serían conducidos hasta su último destino, un lugar donde poco después iba a convertirse en su líquido y encalmado sepulcro, estimado en algo más de 100 metros de profundidad y al que ningún submarinista de aquella época sería capaz de llegar. Antoni Cifre, que por aquel entonces tenía 25 años y en la actualidad es un jubilado cercano a los 90, había observado sorprendido el hundimiento, primero uno y después el otro, desde la pequeña embarcación de pesca de su padre. Uno caería sobre el “blanc” (apelativo usado por los pescadores si el material del fondo está compuesto de arena o fango), mientras el otro lo haría sobre piedra, un lugar apetecido por las langostas y que los pescadores bien conocían.Quino, que en el 86 había descubierto por pura casualidad uno de los barcos al bajar pensando encontrar una gran piedra recubierta del codiciado “oro rojo” (coral) había informado a Guido de que el barco al hundirse había quedado apoyado sobre una roca y con la proa hacia arriba. A pesar de no haber querido revelar nunca la situación exacta del pecio, el veterano coralero había manifestado que acompañaría a Guido al lugar si se le hacía un reportaje en la revista SUB, algo que se realizaría puntualmente, pero que no tuvo la cotraprestación pactada. Por ello, la búsqueda había tenido que llevarse a cabo siempre en solitario. Se había hallado uno de los pecios y, a raiz de las conversaciones mantenidas con Antonio Cifre, junto con los datos obtenidos de la armada italiana, todo apuntaba a que el hallado sobre aquella inmensa capa de lodo espeso y pegajoso pertenecía sin duda al “Pegaso”, porque no coincidía con los datos aportados por el coralero. Todo parecía apuntar que éste había encontrado el otro barco el cual muy posiblemente se encontraría entre el “Pegaso” y la costa de Mallorca. El suyo se encontraba sobre la roca y con la proa hacia lo alto, mientras que el hallado por Guido estaba completamente de costado y con la mitad de su manga hundida longitudinalmente en el fango. En su casa de cala Morell Guido volvió a visionar una vez más el video, la carta, la posición de su pecio obtenida por el GPS y otra vez más el video. La montaña que se veía como fondo no coincidía con la vista del perfil de la costa que habían observado en el mar desde la posición del pecio descubierto. Estaba claro: ellos habían encontrado uno de los pecios y Quino salía en el reportaje sobre el otro.A finales de junio los días son largos, claros y la meteorología se suele mostrar igualmente generosa. El día en que Guido decidió volver a sumergirse a fin de encontrar el otro pecio reunía todas estas cualidades y, de buena mañana, cruzaron el angosto canal que separa la marina de Cala en Bosc de la mar abierta en la costa sur ciutadellenca. Cuando estaban llegando al punto a investigar pudo observar como se alejaba proa hacia Alcúdia el “Nemo”, el barco de Quino. Posiblemente se encontraría al timón uno de sus hijos, mientras él estaría en el interior de su cámara de descompresión. Ello hacía suponer que todavía trabajaba en esa zona. Guido paró el motor y dejó caer su fondeo dispuesto a llevar a cabo su enésima inmersión. Flory comprobaba la puesta a punto de todos los equipos de control mientras Pere Calafat daba los últimos toques a la estación de descompresión por si era necesaria sumergirla en un momento dado. 

PECIOS DE LOS BUQUES ITALIANOS “PEGASO” E “IMPETUOSO”: TAPA DE PORTILLO

Una vez preparado se metió en el agua, se colocó la voluminosa chaqueta técnica y comenzó a bajar hasta llegar a los 50 metros de profundidad donde, como era habitual, cambió de sistema de respiración, continuando seguidamente el descenso. Cuando su ordenador de muñeca le marcaba los 85 metros comenzó a distinguir una gran laja de roca que bajaba hasta los 102. Todas las gorgonias aparecían ante su vista majestuosas, con los pólipos abiertos en sentido de la corriente. También habían peces plateados que le observaban curiosos. Peces que nunca habrían observado los rayos del sol, sin duda, pero allí tan sólo había la enorme laja. Observando fijamente a su alrededor hasta donde le permitía la escasa visibilidad, le pareció distinguir una gran masa oscura. ¿sería el pecio buscado?. Decidió dejar la guía que le unía con la superficie y aleteó en aquella dirección. Sin embargo, parecía que la distancia no se acortaba nunca. Observó su ordenador de muñeca comprobando que llevaba ya quince minutos: no podía permanecer por más tiempo en aquella profundidad por lo que, sintiéndolo mucho, comenzó el ascenso a la superficie.Una vez en tierra repasaron una vez más todos los datos para volver nuevamente al mismo punto, aunque con la idea de recorrer con la vista el perfil de Mallorca. Cuando se encontraron en la zona les pareció observar el famoso “palo” descrito por el viejo pescador y la montaña de la cadena de Formentor. Sin duda el palo bien podía ser la farola del espigón de Alcúdia. Aquello comenzaba a tomar forma y un aire de victoria no muy lejana comenzó a brotar en el pecho de los miembros del equipo, Guido, Flory, Pere Calafat y José Almagro. De pronto, en el agua, apareció el reflejo de algún objeto que se encontraba semisumergido: se trataba de una guía con boyas, aunque de unas boyas caseras, construídas mediante botellas de plástico pintadas. La pantalla de la sonda, a su vez, comenzaba a dibujar unos signos bastante expresivos sobre el perfil del lecho. Pero no había una, sino varias boyas posiblemente marcando el perfil de algo situado en el fondo. En estas condiciones volvieron a tierra y a la mañana siguiente regresarían portando a bordo a su amigo Vincenzo Palmiotta, el considerado por el equipo como un amuleto del buen tiempo, porque si estaba con ellos, a buen seguro que el día sería ideal para llevar a cabo la inmersión. Y el día amaneció completamente limpio, sin viento, sin olas y con las aguas clarísimas. Alguien podría preguntarse que más se podía pedir. Sin duda, Guido le hubiera respondido sin pensárselo dos veces: “Encontrar el ansiado pecio…”. La respuesta se encontraba muy próxima, el tiempo necesario en ponerse el equipo y descender hacia el abismo. Cuando llegó al fondo, a 98 metros de la superficie, observó la presencia de una nueva roca, de grandes proporciones y semejante a las halladas en inmersiones precedentes: agrietada, con grandes laberintos y pasadizos, recubierta de vegetación, gorgonias y corales. Miró alrededor. No había signos de ningún pecio. Una vez en casa se intentó poner en orden todos los aspectos de la operación. Hubo quien incluso aventuró que podría ser suficiente con uno de los dos barcos. Ello, en sí, constituía ya de hecho un notable éxito. Pero Guido no cedía. Si habían encontrado uno, ¿por qué no iban a encontrar el otro?. Seguro que lo tenían ya muy cerca. En siguientes expediciones siguieron viendo al barco de Quino que se alejaba en cuanto ellos se acercaban al punto. Sin duda él los había reconocido merced a su innata perspicacia marinera y posiblemente estaba convencido de que serían incapaces de desvelar su secreto tan bien guardado. 

INSPECCIONANDO LOS PECIOS DE LOS BUQUES “PEGASO” E “IMPETUOSO” EN EL CANAL DE MENORCA

Pero él no sabía que uno de sus secretos guardados durante tanto tiempo había sido ya descubierto. Por la mayor parte de las lajas y rocas que irían investigando encontrarían restos del paso por las mismas de Quino, rastros de la piqueta de recolectar coral o de plomadas utilizadas para marcar los puntos ya trabajados. Encontraron a un pescador que tenía caladas sus redes en la zona, pero tampoco sabía nada de barcos hundidos. Cuando Claudio Corti volvió a finales de agosto, aprovecharon para trabajar en el pecio del “Pegaso”, puesto que dos hombres trabajarían mejor que uno. Llegados a la vertical, descubrieron el barco del coralero que estaba navegando a poca distancia, seguramente rastreando el fondo con ayuda de la sonda buscando nuevas rocas para explorar. No le hicieron caso y dejaron caer el cilindro de plomo con la guía para marcar la posición sobre el pecio. Bajaron los dos y estuvieron trabajando sobre el “Pegaso” hasta que, terminada la inmersión, llevaron a cabo su meticulosa descompresión y, cuando ascendían pudieron observar en la superficie la silueta de dos embarcaciones. Una era la suya pero… ¿y la otra?. Guido sacó la cabeza fuera del agua y vió al “Nemo”, el barco de Quino… Uno de sus hijos estaba en el puesto del piloto, mientras que el padre les estaba observando fijamente. Guido le saludó con la mano y Quino respondió con un movimiento afirmativo de su cabeza. Sin duda el hijo le había advertido de su presencia y el coralero, habría decidido hacer honor a su palabra y les iba a llevar a donde se encontraba el otro barco. Quino pasó sobre el punto en que se encontraba el “Pegaso” y continuó navegando hacia mar abierta. No lo hizo hacia la costa, lo que demostró que las suposiciones del equipo SUB estaban equivocadas. No había que navegar hacia tierra, sino hacia afuera, hacia el norte hasta alcanzar unos 500 metros de distancia. De pronto paró, se giró hacia Guido y sus acompañantes y les hizo un gesto significativo con la mano: se encontraban sobre el mismo. Se movieron entonces sobre el punto y la sonda marcó una imagen fuerte, de un intenso color rojo. Estaban sobre el pecio del “Impetuoso”. Quino les había hecho un gran favor puesto que de seguir buscando en la zona donde se estaban moviemdo últimamente, quién sabe cuánto tiempo, posiblemente años, hubiera costado dar con el barco. Con una amplia sonrisa el coralero les dijo que ya les había prometido que les iba a llevar hasta los barcos italianos. ¡pero de aquello habían pasado tres largos años!. Cabría preguntarse, no sin un poco de malicia, si la información había venido a que parte del misterio había sido ya aclarado por ellos. Pero Guido, que no cabía de emoción, se quitó la computadora de mano y se la regaló en prueba de agradecimiento. Y es que la “Operazione Pegaso” comenzaba ese día a caminar con paso firme hacia su más feliz epílogo.Al día siguiente el equipo zarpó desde su base hacia el nuevo “way point” a investigar. Cuando el GPS les indicó se encontraban sobre el mismo la pantalla dibujó un perfil que se llenó de un fuerte color rojo que parecía tener mayor longitud de lo normal. Dejaron caer el plomo a una decena de metros de distancia y tras los preparativos se sumergieron. Alcanzados los 75 metros observaron el plomo de la guía que suponían apoyado en el fondo, pero no, no estaba en el fondo si no sobre el pecio. A diferencia del observado anteriormente, hundido en media manga en el lodo, éste se veía apoyado sobre una gruesa costra de arena dura y granulosa que permitía la permanencia del casco completamente al descubierto. Se podía observar un grueso cañón rodeado por su coraza de acero. Una vez apoyados sobre el casco, una nube de peces anthyas y de otra especie plateada muy parecida a las sardinas se pusieron alrededor de los submarinistas. Cerca del casco y sobre el lecho se podían observar restos de grandes objetos pertenecientes al mismo que debieron disgregarse tras el fuerte impacto al alcanzar el fondo o por los efectos de la herrumbre. El barco estaba recubierto por una gruesa capa calcárea de fauna, flora, esponjas y otros sistemas de vida que en nada se parecían a los observados sobre el pecio del “Pegaso”. Las extrañas formas fuertemente recubiertas de vida sobre la cubierta muy bien pudieran ser ametralladoras, lanzadores de cargas de profundidad u otros artefactos pertenecientes a un buque de guerra típico. Observando a través de los portalones y orificios existentes en el casco y bajo los cañones, se descubrían millares de colas en forma de media luna así como de ojos que reflejaban la luz del foco de la linterna que les observaban atentamente y con la misma curiosidad con que ellos se movían en aquel ambiente. Pudieron igualmente observar  angostos pasadizos que conducían hasta el interior del casco que hacían dudar de la posibilidad de acceder sin el peligro de quedar enganchado en cualquier momento. De improviso, en el límite de la visibilidad, pudieron distinguir otra sombra que bien pudiera ser la consola del timón del puente de mando. Pero no, cuando Guido se acercó un poco más pudo ver que aquello se movía y no eran alucinaciones, precisamente. Tenía un color plateado y con su movimiento reflejaba la luz de su foco. La aparición resultaba realmente fantasmagórica en aquellas condiciones. Resultó ser un banco de servias cuyos miembros no debían bajar de 40 o 50 kilos unitariamente: “Aquello resultó un espectáculo extraordinario. La verdad es que nunca habíamos observado servias tan grandes, ni siquiera en los mares tropicales. Posiblemente la gran mancha aparecida en la pantalla se debió a que en aquellos momentos se encontraban fuera del pecio, introduciéndose en el mismo cuando nos vieron bajar. Cuando nos encontramos frente a frente cuatro o cinco ejemplares se adelantaron del banco hacia nosotros, situándose cerca de Claudio lo que me permitió comprobar que prácticamente se le igualaban en longitud. Quise sacarles una fotografía para que pudiera compararse el tamaño pero no me resultó posible…”.Continuando con el reconocimiento de la cubierta del barco pudieron descubrir diversos orificios más o menos regulares, resultado muy posiblemente de algún ataque aéreo del enemigo. Ello les traería a la memoria las manifestaciones del comandante Cigala, denunciando haber sufrido a bordo graves averías por causa del ataque de los bombarderos alemanes. Sin embargo, a Guido no le parecieron tan graves, visto lo que podía apreciar en ese momento. Seguidamente decidió apartarse del gigantesco banco de pequeños peces que le habían acompañado desde su llegada al pecio por la conocida voracidad de las servias. Ante la presencia de éstas el banco se había aplastado contra los recodos del pecio para poder defenderse en caso de ataque. Mientras, Claudio, que había estado reconociendo más abajo el contorno del cañón y su torreta, se unió a él. Habían transcurrido catorce minutos y era hora de comenzar sin concesiones el severo procedimiento de volver a la superficie. Navegando de vuelta, la tramontana se encargaría rápidamente de volverles a la realidad de Menorca, teniendo que reducir revoluciones a los motores so pena de embarcar las bien formadas olas que les llegaban amenazantes por la proa. Y no habían llevado a efecto un tercio de la singladura, cuando uno de los motores le daba por averiarse, delatándose por un denso humo, que les obligó a reducir su velocidad hasta 6 nudos cuando restaban aún unas 20 millas. Sin embargo no le darían importancia: no se trataba de la primera vez en que uno de los potentes fuerabordas les causaban problemas. 

IMPRESIONANTE VISTA DE UNO DE LOS PECIOS CUBIERTO POR LA VIDA MARINA

Una vez en puerto, Pons Misut y su mecánico Pepe se encargarían de ponerlo de nuevo a punto de caramelo aunque esta vez la cosa no rodaría tan bien puesto que apareció un circuito electrónico quemado y era necesario reponerlo por lo que cabría calcular la próxima salida a la mar como mínimo -estamos en Menorca, una isla- en una larga semana. Y esos días precisamente serían los mejores de todo el verano pues, al paso de la tramontana, las altas presiones se habían establecido en esta parte del Mediterráneo, dejando los días limpísimos y con la mar plana como una tabla.Pons Misut, el proveedor de sus motores, se ofreció entonces a llevarles a hacer alguna inmersión con su lancha sobre el “Pegaso”, que sería fácil de llevar a cabo por ser el más conocido. Cuando la lancha de Guido estuvo nuevamente reparada las bajas presiones se habían adueñado nuevamente de la zona. Claudio Corti tenía que regresar ya a Italia impelido por su trabajo, lo que le haría viajar con un sabor agridulce consecuencia de la experiencia de los últimos días: había visto el pecio pero marchaba sin terminar de identificarlo completamente y cuando apenas lo había podido tocar físicamente con sus manos. Septiembre resultó ser un mes gris y destemplado, incómodo para cualquier actividad de esta modalidad de submarinismo, por lo que Guido y Flory permanecieron en tierra dedicados más a atender su actividad profesional editora. Octubre, sin embargo, se mantendría soleado y calmo de vientos, es decir, expléndido en todos los sentidos, por lo que decidieron reanudar sus inmersiones en solitario. La visibilidad a 100 metros de profundidad no era, sin embargo, la misma que en agosto. Los rayos de sol penetraban el agua más oblicuamente, por lo que la iluminación resultaba bastante inferior a la deseada. Sin embargo, a la luz de los potentes focos, ésta resultaba más positiva y su rendimiento muchísimo mejor, lo que aprovecharía para obtener el máximo número de imágenes y a desvelar de una vez por todas la identificación de ambos pecios… ¿cuál era el “Pegaso”? y, ¿cuál el “Impetuoso”?. Estaba prácticamente convencido de la identidad de cada uno pero, con esa meticulosidad que caracteriza a los investigadores, necesitaba palpar esa prueba definitiva, prueba que sin duda estaba ahí. Flory y Pere Calafat arriba, Guido abajo y vuelta a empezar. El cilindro de plomo utilizado como lastre de la guía había caído en esta ocasión cerca de los estabilizadores. El casco se descubría poco a poco majestuoso, largo y estrecho, un diseño apto para obtener el máximo de velocidad, cubiertas y sus pasillos cubiertos. Guido había leído en los diferentes documentos sobre el barco llegados a sus manos que el armamento del “Impetuoso” había sido modificado ligeramente sobre el que fuera proyecto inicial, adaptándolo a la lucha antisubmarina, suprimiéndole uno de los dos cañones de grueso calibre y emplazando en su lugar un equipo de lanzamiento de cargas submarinas y un nido de ametralladoras antiaéreas. Y, efectivamente, en la cubierta, a intervalos regulares se adivinaban los emplazamientos de éstos, aunque fuera difícil acertar cuál era cuál, debido a la generosidad apabullante de incrustaciones existentes sobre los mismos, que los convertían en masas prácticamente amorfas. Las piezas que mejor podían acertarse eran las ametralladoras debido a la longitud de sus estrechos cañones, los cuales permanecían mirando hacia lo alto, su posición habitual. La pared vertical del puente de popa se encontraba llena de objetos que al estar recubiertos daban la impresión de un gran cuadro abstracto.Próxima a ella se podían distinguir dos figuras familiares, quizás se tratara de aros salvavidas, aunque no parecía normal existieran estos artilugios en un barco de guerra, de modo que posiblemente fueran meros soportes de cargas de profundidad u otros objetos. Más hacia el centro de la cubierta se emplazaban dos grandes construcciones rectangulares, posiblemente destinadas a servir de almacén de municiones para las diferentes piezas de artillería situadas en sus inmediaciones. Un amplio pasadizo de sección rectangular unía la cubierta principal con el segundo puente. Era de acero reforzado, muy posiblemente para consolidarlo ya que emplazaba el cañón de grueso calibre. En su interior cientos y cientos de anthyas se encontraban refugiadas en compacto bloque observándole. Al movimiento de su foco, le abrieron paso para que pudiera continuar, mientras el entorno adquiría una iluminación suavemente rosada, reflejo de sus cuerpos. Descubrió una puerta abierta pajo él, que daba paso a la negritud más absoluta. Tras alumbrarla con el foco, la luz descubrió un pasillo con diversas puertas, unas abiertas y otras cerradas. Guido: “Introduje primeramente las aletas y posteriormente el resto del cuerpo, penetrando en el interior del torpedero. Quizás hubiera sido mejor quitarme las dos aletas y dejarlas retenidas en algún punto para poder moverme mejor pero estaba sólo y no me fiaba. Se trataba simplemente de saber si podía moverme dentro del barco y en una próxima visita, acompañado de otro submarinista, ya investigaríamos sus entrañas. El pasillo era más alto que ancho y estando el cuerpo flexionado dentro con la cabeza todavía fuera, no podía controlar la situación, corriendo el peligro de enganchar la tribotella en cualquier apéndice o saliente existente”. En una siguiente inmersión reconoció el casco en su parte más intermedia, en sentido hacia la proa. Quería llegar a la chimenea y a la torreta, que muy posiblemente le desvelaría la incógnita, puesto que el “Pegaso” tenía en la parte delantera de la torreta un balcón, que la asemejaba a una gigantesca cafetera, mientras que el “Impetuoso” carecía del mismo en feneficio de un simple soporte para una antena de comunicaciones. Unos metros más adelante la estructura aparecía cortada en seco, como si por una gigantesca hacha hubiera podido hacerlo. Guido recordó el hecho de que en plena batalla naval en el golfo de Asinara el “Impetuoso” fue abordado por otro barco italiano que intentaba evitar un ataque aéreo, entrando en colisión. La brecha aparecía como otro indicativo para la identificación del barco. Tras estas observaciones se dio cuenta de que su tiempo de inmersión estaba prácticamente agotado, por lo que se volvió sobre si mismo intentando localizar el puente de mando. La visibilidad era bastante reducida. Ni rastro de éste ni de la chimenea. Volvió a avanzar hacia adelante avanzando un poco más hacia la proa, rebasando el tajo de la colisión. Al cabo de pocos metros se encontró suspendido sobre un abismo: tenía bajo sí un gran cráter resultado, muy posiblemente, de haber sido alcanzado por algún proyectil que le produjo gravísimos daños, aunque no llegaría a traspasar el casco, lo que hubiera provocado su hundimiento inmediato. Más adelante, a pesar de la escasa visibilidad, daba la impresión de que el barco se terminaba, por lo que debía de encontrarse la proa del mismo en el límite de la visibilidad. Nuevamente se revolvió sobre si mismo intentando localizar el puente de mando y la chimenea del barco, pero allí no se veía nada. Y tampoco estaba el cañón de grueso calibre que tendría que estar emplazado en la cubierta de proa. ¿Habrían quedado destruídos por la explosión?. 

CURIOSO DESCUBRIMIENTO: UNO DE LOS ASEOS Y EL INODORO. EL LAVABO ESTÁ DESPRENDIDO

No parecía posible, pero allí algo fallaba, pero lo que era realmente cierto es que el tiempo se había terminado y había que volver a la superficie inevitablemente.En la siguiente inmersión descendió cerca del enorme boquete producido por la bomba. Estaba dispuesto a desvelar de una vez por todas la incógnita del puente y estuvo analizando los múltiples destrozos ocasionados por la misma, ahora notablemente aumentados por efecto de la herrumbre. En su interior se descubrían multitud de objetos informes e irreconocibles de diferente tamaño. Entre las numerosas grietas y recovecos sumidos en la mayor penumbra pudo observar grandes murenas y congrios viviendo en auténtica simbiosis, al igual que grandes langostas. Todos ellos tenían un aspecto en común: el tono albino de sus pieles y carapazones. No había luz ya que no llegaban los rayos del sol y por lo tanto la naturaleza, tan sabia como siempre, ahorraba energías innecesarias. La mitad anterior del casco se encontraba bastante más deteriorado que la mitad posterior consecuencia, sin duda alguna, de los efectos de la explosión. Guido se introdujo a través del oscuro cráter proyectando el potente haz de su foco hacia el interior. Hacia cualquier parte que lo dirigiera podía observar perfectamente su contenido: mamparos, escalas, tuberías, pasamanos, etc. La iluminación resultaba mucho más generosa que en el exterior, donde era absorbida friamente por la inmensidad de la negritud del abismo marino. Sus movimientos eran controlados con suavidad, tanto por los posibles sedimentos que podían alterarse peligrosamente en cualquier momento, como por la peligrosa posibilidad de quedar enganchado en cualquier saliente. Cuando se encontraba a punto de girar para volver hacia la salida, cuidando de no pasar demasiado cerca de las fauces de otra soberbia murena, obervó a unos diez metros de su posición una mancha de color blanco que le llamó la atención. Cuando se encontró junto a ella descubrió sonriendo que había ido a parar al interior de un baño: se trataba de la taza de un water, en cuyo esmaltado blanco completamente limpio no había podido adherirse hasta entonces ningún elemento marino. A su vera se encontraba un lavabo y más allá otro objeto igualmente blanco al cual no pudo ya acercarse. Mientras había llevado a cabo el reconocimiento, las burbujas de aire habían removido diversos sedimentos que tenía sobre su cabeza enturbiando peligrosamente la visibilidad, por lo cual decidió salir no fuera a derrumbarse parte de la estructura sobre su cabeza.Tras dos nuevas inmersiones el secreto del puente y la chimenea quedaría sin desvelar. ¿Cómo era posible que no se encontraran en el barco?. Muy posiblemente formarían parte de los numerosos restos ya completamente irreconocibles que se encontraban alrededor del pecio. Y ¿cómo podían haberse desprendido del casco?. Guido ha pensado en que quizás fuera obra de algún arrastrero que enganchara su red en la estructura, pero tendría que ser un barco con una potencia inusual, para poder arrancar puente y chimenea a un buque acorazado próximo a los 90,00 metros de eslora a pesar de que se encontrara sumamente debilitado tras la explosión y la corrosión con el paso de los tiempos. El primer descubrimiento llevó al equipo hasta el “Pegaso”; el segundo, hasta el “Impetuoso”. Y hasta aquí la historia de la “Operazione Pegaso”. Los dos pecios han sido descubiertos, visitados, explorado y fotografiado, pero su situación geográfica continuará permaneciendo perdida en los anales de la historia, reposando en el fondo del abismo con sus actuales tripulantes: millones y millones de pececillos de todos los colores y tamaños, grandes meros y resto de flora y fauna tal como lo desearon sus comandantes Imperiali y Cigala. Ellos deben de continuar como están, libres del expolio y de la desenfrenada codicia humana, un sentimiento compartido por la inmensa mayoría de los marinos de todas las nacionalidades.

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EL CABALLO DE PURA RAZA MENORQUINA AL PRIMER PLANO DE LA INFORMACIÓN

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De la COORDINACIÓN de este Portal:

Alfonso Buenaventura Pons (Es Castell, Menorca, 1947), Patrón de yate y miembro de la Real Liga Naval Española. Ex-directivo del Club Marítimo de Mahón y Juez y Jurado de Regatas.

* Desde el año 2000 fue colaborador semanal del diario “Menorca” en temas marítimos y portuarios, realizando en la actualidad colaboraciones especiales.
* También ha intervenido y colaborado puntualmente en otros temas típicamente menorquines, así como en otras publicaciones, programas de TV y radio.
* Desde septiembre de 1988 hasta diciembre de 2000 dirigió la revista interna de difusión social del Club Marítimo de Mahón, con una aparición de cadencia trimestral.
* El año 1995 publicó una base de datos en dos tomos sobre la historia de los primeros 50 años de la veterana sociedad náutica mahonesa.
* El año 1995, con el soporte de la Fundació Rubió Tudurí Andrómaco, publicó una recopilación histórica sobre el Lazareto de Maó bajo el título “El Lazareto de Mahón. Notas históricas”.
* El año 1998 publicó la obra “Naufragios y siniestros en la costa de Menorca”, de la cual se agotaron sucesivamente dos ediciones.
* El año 1998 publicó la obra “Menorca. Atlas náutico”, que ofrece toda la información necesaria para aquellos que se dedican a navegar por la costa de Menorca.
* El año 2001 publica la guia “La Reserva Marina del Norte de Menorca”, que da a conocer las singularidades de esta particular zona marítima menorquina.
* El año 2002 publica la guía y el plano para el visitante de “La Albufera des Grau” en castellano, catalán, inglés y alemán.
* El año 2003 aparece la obra sobre el caballo, la gallina, la oveja y la vaca menorquines, bajo el título de “Las razas autóctonas de Menorca”.
* El año 2004 lanza un nuevo “Menorca. Atlas náutico”, que incluye una guia para el submarinismo y nuevas informaciones y portulanos del cual se irían agotando sucesivamente dos ediciones.
* En el mes de abril de 2007 aparece la obra “Menorca. Caballos y tradición popular”, con referencia al mundo del caballo y su protagonismo en las fiestas menorquinas, de Sant Joan en Ciutadella, y patronales en el resto de las poblaciones.
* Finalizando ese mismo año publicaba el primer volumen de la serie “Menorca. Illa, mar i homes” (en catalán)
* El año 2008 publica la historia de la agencia de consignaciones marítimas Federico J. Cardona Trémol S.L., bajo el título de “125 años de ilusiones compartidas 1883-2008″.
* El mismo año publica la guía “Ciutadella de Menorca. Las fiestas de Sant Joan”. * El mes de abril aparece la tercera edición de la obra “Menorca. Atlas náutico, totalmente actualizada. * El 2008 publica el 2º volumen de la colección “Menorca. Illa, mar i homes”.
* El 22 de febrero de 2010 inicia un blog en la web bajo el título “Menorca, isla sin par” (bilingüe catalán-castellano) destinado a publicitar la isla de Menorca en todas sus vertientes poniendo un punto y final a su etapa de publicación de libros divulgativos.
* El 18 de enero de 2011 publica la 3ª edición de la obra “Naufragios y siniestros en la costa de Menorca” notablemente ampliada que, por primera vez, se presenta de forma digitalizada y colgada en la red en forma de blog actualizable bajo el título “Naufragios y pecios de Menorca”.
* El 23 de enero de 2011 inicia la publicación en forma de blog colgado en la red y bajo el título “Puerto de Maó, siglo XX” de todos los artículos (aumentando el número de imágenes antiguas que en su momento no pudieron incluirse en la edición de papel por razones de espacio), que fueron apareciendo durante casi diez años en las páginas del diario insular “Menorca”.
* El 21 de junio de 2011 abre un nuevo blog con el título “La cuina de vorera” (La cocina de ribera), también bilingüe catalán-castellano, destinado a recoger todas las recetas recogidas de pescadores y gentes de todos los ambientes durante la etapa de entrevistas efectuadas en sus diferentes publicaciones a fin de ponerlas a disposición del gran público.
* El 4 de agosto de 2011 inicia un blog fotográfico bajo el título “Menorca a través de tus ojos”.
* El 18 de marzo de 2012 cuelga en la red la 4ª edición de su derrotero “Menorca. Atlas náutico”. Notablemente ampliado en cuanto a contenido, imágenes y digitalizado, será actualizable por suscripción gratuita para el navegante interesado y la idea es convertirlo en la guía náutica total de la isla de Menorca.
* La importancia que va adquiriendo el portal “Menorca Atlas Náutico” obligará a ir cerrando paulatinamente los blogs “Menorca, isla sin par”, “Menorca a través de tus ojos”, “La cuina de vorera” y otros proyectos. Sus contenidos se irán incorporando al nuevo portal o quedarán en archivo pendientes de una futura ubicación.
* En abril de 2012 cuelga en la red el contenido de la obra “El Lazareto de Mahón” notablemente ampliado.
* A finales de 2012 se abren las páginas en Facebook de “Menorca Atlas Náutico”, “Naufragios y pecios de Menorca”, “Puerto de Maó, Siglo XX” y “Lazareto de Mahón”, y en Tweeter, “Menorca Atlas Náutico”.
* 2014 supondrá el año de la reconversión: “Menorca Atlas Náutico” aglutina a “Naufragios y Pecios de Menorca” y “Puerto de Maó, Siglo XX”, quien a su vez ha hecho lo mismo con “Lazareto de Mahón”, aunque conservando todas sus estructuras originales y dejando tan sólo una única página -tanto en Facebook como en Tweeter- que anuncia todas las actualizaciones: “Menorca Atlas Náutico”. La razón: en 28 meses se han rebasado las 67.000 consultas. Al propio tiempo se da paso a la ampliación de colaboradores tanto gráficos como de artículos adquiriendo la guía la categoría de “comunidad“.
* 2015 lo será el de su expansión con una total remodelación de su estructura, con adición de nuevos bloques y secciones una vez superadas las 120.000 consultas.

* El 22 de abril de 2016, rebasadas ya las 175.000 consultas, tanto el PORTAL como la TOTALIDAD DE PUBLICACIONES del autor, ALFONSO BUENAVENTURA PONS, son cedidas por el mismo a todos los efectos a la FUNDACIÓ RUBIÓ TUDURÍ ANDRÓMACO.

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De la TITULARIDAD de este Portal: 

Desde el 22 de abril de 2016, tanto este PORTAL NÁUTICO como las diferentes obras publicadas por el mismo autor, amén de otra serie de documentos históricos e imágenes debidamente relacionados, fueron donados así como cedidos sus derechos de explotación a la FUNDACIÓ RUBIÓ TUDURÍ ANDRÓMACO, siendo desde entonces esta entidad la única titular y gestora de los mismos.

LA ISLA DEL AIRE OBSERVADA DESDE PUNTA PRIMA (Imagen de RAQUEL ARIÑO)

CALA EN VIDRIER (ES GRAU, MAÓ) Foto A. BUENAVENTURA FLORIT

CALA EN VIDRIER (ES GRAU, MAÓ) Imagen de A. BUENAVENTURA FLORIT

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