Dr. Claudio Delgado y otros investigadores

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DE OTRAS FUENTES

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Sobre el doctor don Claudio Delgado y otros investigadores

(Dr. J. A. Palanca)

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VAPORES GUARDANDO CUARENTENA EN EL PUERTO DE MAÓ

VAPORES GUARDANDO CUARENTENA EN EL PUERTO DE MAÓ

(3ª y última entrega de los artículos publicados por el Doctor J. A. Palanca en el que se refiere a los investigadores cuyos nombres aparecen esculpidos en el basamento de la escultura que está erigida a un lado de la puerta principal de acceso al Lazareto)

Enfermedades contagiosas e investigadores

Con este artículo termino cuanto quiero decir referente al Lazareto de Mahón. Al mismo tiempo trataré de corregir una injusticia en que he incurrido. Empezaré pues, con unos breves antecedentes sobre la fiebre amarilla o el vómito negro en España.

EL TEMIDO MOSQUITO AEDES AEGIPTY, TRANSMISOR DE LA FIEBRE AMARILLA

EL TEMIDO MOSQUITO AEDES AEGIPTY, TRANSMISOR DE LA FIEBRE AMARILLA

Aquellos tiempos están ya tan lejos que ya nadie puede suponer el miedo, el verdadero pánico, que provocaba entre nuestros antepasados la fiebre amarilla. Las epidemias comenzaban por el sur de la Península, casi siempre por Cádiz, en donde daban fin su viaje los barcos que venían de América, y de Cádiz se extendían preferentemente por el litoral mediterráneo y algunas veces por las provincias centrales. La gran epidemia de Cádiz fue en el año 1800 y la de Granada cuatro años después. Era gobernador y capitán general de Cádiz, el que después lo fue de Granada, D. Tomás Morla y chocó con lo que ahora chocaría también: que granadinos y gaditanos no creían o no les convenía creer en la epidemia, y se vengaban del buen sentido de Morla con chistes y coplas, a alguna de las cuales no fue ajeno el talento literario de Martínez de la Rosa. Vayan dos ejemplos, el primero gaditano y el segundo granadino:

Aquí, pecador cristiano,

reposan cuarenta y tres,

pidiendo justicia a Dios

contra el médico Solano.

Solano era el facultativo en quién Morla depositaba su confianza.

Del contagio imaginado

que tanto nos da que hablar

ninguno de este lugar

todavía es enterrado.

En el año 1821, las tropas acantonadas en Cabezas de San Juan, que se destinaban a combatir las insurrecciones americanas, fueron víctimas del contagio y Riego, haciendo honor a su apellido, fue regando el contagio a todos los puertos relevantes hasta llegar a Barcelona. Puede decirse, en resumen, que desde 1770 hasta 1888 sufrimos más de treinta epidemias de fiebre amarilla, que, en números redondos, mató a más de medio millón de españoles.

RUINAS DE POLVORANCA (www.canonistas.com)

RUINAS DE POLVORANCA (www.canonistas.com)

Terminada la guerra “grande” en Cuba, y después de la paz de Zanjón, repatriaron un gran número de batallones, y algunos de ellos vinieron a Madrid, hasta donde trajeron la enfermedad con bastante difusión. Muy cerca de Leganés, adonde fueron acantonadas algunas fuerzas repatriadas, existen unas ruinas, pocas, las de la iglesia y algunos paredones, de un pueblo que se llamó Polvoranca y del que hay mención en un sainete de la época titulado “Toros en Polvoranca”. Cuentan los más ancianos con los que me puse en contacto, hace ya muchos años, que la causa de la desaparición del pueblo fue el paludismo y la fiebre amarilla. Desde luego existen por allí corrientes de aguas y charcos que debían ser propicios para la reproducción de los mosquitos.

Otra cosa muy interesante es conocer cuál era el estado sanitario de Cuba en aquellos tiempos. La estadística sanitaria del Ejército en el año 1896 no podía ser más demostrativa (tabla 1).

Tabla 1.

Estado sanitario de Cuba. Estadística sanitaria del Ejército en el año 1896.

Fuerzas de revista     200.000

Número de estancias en el hospital     3.680.245

Número de Ingresos en los hospitales     232.714

Número total de heridos     2.770

Número de muertos por heridas     363

Número de enfermos de paludismo     33.402

Número de enfermos por fiebre amarilla     23.580

Número de enfermos por fiebre tifoidea     1.523

Número de enfermos por disentería     1.262

Número de enfermos por tuberculosis     1.056

Total enfermos con enfermedades infecciosas     60.823

En la tabla 1 se puede apreciar el número insignificante de heridos de guerra y de muerte relacionada con ella, a pesar de aquel mortífero machete del que tanto presumían los Mambises. En las guerras sucesivas iría aumentando el número de fallecidos relacionado con las heridas e iría disminuyendo el número ocasionado por las enfermedades, hasta llegar a una situación totalmente inversa; pero aquellos momentos tenía muchísima razón el Generalísimo cubano, Máximo Gómez, cuando afirmaba que el “General Vómito”, le haría ganar la guerra. Claro es que en aquellos momentos no se pensaba en el “Tío Sam”.

La primera vez que yo oí hablar del Beri-Beri, y aún más que vi a un enfermo que lo padecía fue cuando el general Weyler ordenó la medida titulada “Reconcentración”, que tanto criticaron los cubanos, como antihumana y a la que han dejado pálida los países que después han participado en guerras. Y es que lo brutal no son estas medidas; lo brutal es la guerra, que trae como consecuencias inevitables todo lo demás.

EL DOCTOR CARLOS JUAN FINLAY

EL DOCTOR CARLOS JUAN FINLAY

Perdura en mi memoria, que examinándome de tercer curso de Bachillerato en el Instituto de La Habana, la persona que me acompañaba, me hizo notar la presencia de un anciano con patillas blancas, diciéndome: “Este es el Dr. FINLAY, el que le echa la culpa de la fiebre amarilla a los mosquitos”. Muchos años después lo identifiqué claramente en óleo colgado en las paredes del Palacio Presidencial en La Habana, obra del pintor Esteban Valderrama, y que reproduce el momento en que la Comisión americana visitó por primera vez a FINLAY.

Por el año 1860 existía en Cuba una gran preocupación por el aumento constante de la fiebre amarilla, así como por su gravedad. Las personas naturales del país parecían inmunes –en realidad la habían padecido durante los primeros años de su vida en unas formas muy leves-; pero los que llegaban a la isla por primera vez eran casi fatalmente víctimas de la enfermedad, que en muchas ocasiones les costaba la vida.

A mí me llevaron a la isla con seis meses de edad, me enviaron junto con mi familia a un pueblo que estaba situado en lo más alto de la isla, ya que era una zona donde menos enfermedades había. Claro es que no se podía relacionar esto con la ausencia de mosquitos de las localidades altas. Por entonces se daban como seguros tres principios:

1º Hay una misma productora de la fiebre amarilla

2º La fiebre amarilla es una enfermedad inoculable

3º La fiebre amarilla es una enfermedad contagiosa

Pero lo que nadie sabía era como se inoculaba ni como se contagiaba.

FINLAY, en sus comienzos, dio como seguro que la enfermedad venía de la atmósfera, y más concretamente según el grado de alcalinidad. Así se lo manifestó a la Comisión americana que llegó a Cuba en el año 1870, en la que actuó FINLAY como representante de España, nombrado por el capitán general D. Ramón Blanco y Erenas. En 1881 se reúne en Washington una nueva Comisión, en la que vuelve a representarnos FINLAY. Fijémonos bien en el acierto del capitán general en el nombramiento de FINLAY, en el que por entonces nadie creía en Cuba y, sin embargo Blanco prevé que FINLAY no se trata de un hombre cualquiera, sino de un médico muy preparado en cuestiones de fiebre amarilla. La primera declaración terminante de FINLAY sobre el papel del mosquito en la transmisión de la enfermedad del vómito, la realizó 14 de Agosto de 1881 en la Academia de Ciencias Médicas de La Habana. Con esta declaración se asienta que las condiciones para la producción de la fiebre amarilla son las siguientes:

1ª Existencia de un enfermo de fiebre amarilla

2ª Prolongación de la vida del mosquito desde el momento que pica y aquel en que inocula enfermedad a un sujeto sano

3ª Que exista receptividad en el sujeto inoculado.

La realidad fue que la Academia no hizo gran caso de las afirmaciones de FINLAY y hasta alguno de sus trabajos parece que se perdieron o se le hicieron perder, y a lo más que accedió fue a que se quedase sobre la mesa, cosa que en Cuba como en España, significa que nadie vuelve a ocuparse más de él. Y es que las teorías de FINLAY no interesaban a nadie ni creía nadie en ellas.

LA FORTALEZA DE LA CABAÑA (CUBA)

LA FORTALEZA DE LA CABAÑA (CUBA)

Pero era cierto que ya en el año 1881 -y esto es muy interesante para nosotros los españoles-, FINLAY había realizado unos trabajos experimentales sobre soldados españoles acuartelados en la fortaleza de La Cabaña y a cinco de estos soldados les picaron los mosquitos infectados, de los que cuatro padecieron el vómito en el plazo previsto. Así fue como gracias a la comprensión de un capitán general nuestro –el general Blanco-, FINLAY pudo tener sus primeros resultados experimentales positivos y además sin posibilidad de reputación. FINLAY tenía su consulta en la calle del Prado, donde acudían los soldados españoles, a los que no se les permitía otra salida que a la casa del Médico –la mencionada consulta-. Bien es verdad que no solo fue el capitán general el que le ayudó en su empresa, también le ayudaron los Padres jesuitas del Colegio de Belem, así como los Padres carmelitas del Vedado. Pero ni aún así logró cambiarse el ambiente médico que rodeaba a FINLAY, que lo miraba con indiferencia y hasta lo tomaba a broma.

EL DOCTOR CLAUDIO DELGADO AMESTOY

EL DOCTOR CLAUDIO DELGADO AMESTOY

Pero había una excepción, y era precisamente un médico español, la del médico CLAUDIO DELGADO, que no solamente creía en las teorías de la transmisión por el mosquito, sino que constituyó la mayor ayuda para FINLAY, trabajando con él en la confección de una estadística completa de las inoculaciones practicadas, así como sumándose con él en la petición de un laboratorio bacteriológico bien organizado.

PUERTO DE LA HABANA CON EL “MAINE” ACCEDIENDO AL MISMO

PUERTO DE LA HABANA CON EL “MAINE” ACCEDIENDO AL MISMO

No he dicho que la primera Comisión americana había fracasado por completo; pero, decididos a poner en claro la epidemiología de la fiebre amarilla, tras ella llegó a La Habana una segunda Comisión, está presidida por el Dr. STEMBERG, que tampoco creía en los trabajos de FINLAY, y que igual que la primera no consiguió nada práctico en sus trabajos. Llega el año 1898, en que la explosión del “Maine” sirve de pretexto para desencadenar la guerra hispanoamericana, y tras ella el fin de la dominación española en Cuba. Por entonces las inversiones norteamericanas en Cuba ascendían a 50.000.000 de pesos, lo que explica perfectamente el interés por los EE.UU. La contienda lleva consigo naturalmente un alto en las investigaciones de la fiebre amarilla: pero una vez terminada la guerra, los trabajos de FINLAY continúan, ayudado por su único colaborador D. CLAUDIO DELGADO que junto con los Padres jesuitas le permanecían fieles. Los demás se habían olvidado ya de sus teorías.

En el mundo bacteriológico había algo que ganaba terreno como agente productor de la fiebre amarilla. Me refiero al llamado bacilo icteroides, patrocinado por SANARELLI. Tan era así que otros dos comisionados americanos, los doctores WASDING y GEDING, se creyeron en el caso de presentar el siguiente informe:

1º El bacilo icteroides de SANARELLI es el agente provocador de la fiebre amarilla

2º El bacilo icteroides solo se encuentra en los enfermos con esta enfermedad, y

3º La puerta de entrada de la infección es el aparato respiratorio.

Se queda uno perplejo pensando qué clase de comprobaciones, ni de experimentos, harían estos dos señores para poder afirmar de una manera tan rotunda algo que el tiempo ha demostrado que era completamente falso… pero el asunto parecía resuelto y SANARELLI se paseaba orondo por toda América, recibiendo homenajes como si se tratara de un segundo PASTEUR, y realmente si esto hubiera sido verdad, era para estar satisfecho. Pero el general STEMBERG, que no creía en FINLAY tampoco estaba convencido de la importancia del bacilo Icteroides, y en esas condiciones llegó a Cuba la cuarta y última Comisión americana, a la que estaba reservada el honor de resolver plenamente el problema. La Comisión estaba formada por: al Mayor WALTER REED –cirujano militar- y Presidente de la misma; JAMES CARROLL –cirujano auxiliar interino; ARÍSTIDES ACRAMONTE –cirujano cubano-, y JESSE LAZEAR –cirujano cubano-.

LOUIS PASTEUR

LOUIS PASTEUR

La Comisión rápidamente rechazó los trabajos de SANARELLI, pero no se le ocurrió pensar para nada en el papel que los mosquitos podrían prestar, porque STEMBERG no creía en ellos, y cosa verdaderamente curiosa, mientras en España se seguían con interés los trabajos de FINLAY, en América se tenía hacia ellos la más completa frialdad. Si STEMBERG no hubiera estado lleno de prejuicios contra FINLAY, los trabajos de extinción sobre la fiebre amarilla se pudieron adelantar diecinueve años y puede afirmarse que su pasividad le costó la vida a millones de personas. Si se hubiera tratado de un español, tendríamos recriminaciones por los años de los años; pero se trataba de un americano y ya se ha olvidado por completo. Como casi se ha olvidado que en el año 1909, en La Habana, solo había un médico que creyese en las teorías de FINLAY, era un español, CLAUDIO DELGADO.

ARÍSTIDES AGRAMONTE

ARÍSTIDES AGRAMONTE

La cuarta Comisión que seguía trabajando por caminos extraviados, que, como es lógico no llegaban a ninguna conclusión lógica, llegó un momento en que se sintió abatida y apesadumbrada. En realidad había fracasado y le costaba mucho confesarlo. Fue entonces y solo entonces cuando se acordó de FINLAY, pero nadie se atrevía a ponerse en relación con él por temor a disgustar al general STEMBERG, que era nada menos que cirujano general de los EE.UU., y como en todas partes cuecen habas, también allí tenía miedo de disgustar al general. Pero antes de confesar su derrota había que seguir todos los caminos posibles, y se acogieron a FINLAY como a su última esperanza. Al fin el que se atreve y solicita una entrevista con FINLAY es REED. FINLAY los recibe amablemente y les da toda clase de detalles, documentos y aún más, huevos de mosquitos que él cree que es el agente vector de la enfermedad y que, enviado al Laboratorio Entomológico de Washington, resulta ser un Culex fasciata.

JAMES CARROLL

JAMES CARROLL

Esta entrevista es la reproducida en el óleo a que antes he hecho mención. Pero aún así el ambiente seguía igual. Las experiencias de la Comisión se seguían, más que con curiosidad, con burlas y muchos se regocijaban con el ridículo que le esperaba a FINLAY tras el fracaso. GORGAS, el Jefe de Sanidad de la Habana, refiere una anécdota muy curiosa. Al laboratorio donde se realizaban los experimentos acudían diariamente numerosos médicos escépticos y burlones para presenciarlos. Un día se rompió un tubo con mosquitos y estos salieron volando, y esos escépticos y burlones, presos de pánico, huyeron con tal rapidez que rompieron las telas metálicas que protegían al laboratorio… por si acaso. Pero lo más curioso fue que los mosquitos no estaban infectados.

JESSE WILLIAM LAZEAR

JESSE WILLIAM LAZEAR

Por entonces cuando se realizaron las pruebas y contrapruebas que todos conocemos, fue cuando se construyeron las dos famosas casetas, una modelo de higiene, pero sin protección contra los mosquitos, la otra prototipo de suciedad pero rodeada de tela metálica, constituyendo así una buena protección contra los insectos, y mientras en esta última no enfermaba nadie, en la primera caseta todos padecen el vómito negro. La muerte de LAZEAR, miembro de la Comisión, fue también muy demostrativa. A LAZEAR le picaron dos veces los mosquitos infectados, la primera casualmente, no le produjo nada. En la segunda pudo evitar que el mosquito también infectado le picase en una mano, pero como lo antes sucedido le había hecho escéptico, lo dejó picarle tranquilamente y en el plazo previsto enfermó y posteriormente murió.

WALTER REED

WALTER REED

Entonces el primer miembro de la Comisión que se convence es el Mayor REED, y su urgente preocupación es situarse bien ante la Historia. Rápidamente escribe una carta a FINLAY, excusándose por no haber asistido a la reunión convocada por el Dr. CARROLL, mostrándole el mayor interés por sus trabajos y pidiéndole más datos. En fin que se apresura a subirse al carro del vencedor, enviando una nota para la Convención americana de Salud Pública, diciendo en esta que era muy probable que la fiebre amarilla solo se propagase por la picadura del mosquito. Cierto es que de sabios es rectificar, pero así y todo su amor propio sólo le consiente una mención pobre y fría a FINLAY.

No se puede escribir una biografía de FINLAY sin hablar, y mucho, del médico español CLAUDIO DELGADO. Cuando a FINLAY todos le volvían la espalda y se mofaban de él, su único defensor era DELGADO. Porque también fue el único que con una gran perspicacia se percató de la trascendencia del descubrimiento. Los cubanos le deben a DELGADO una gran parte de sus conocimientos epidemiológicos, lo que nadie veía, lo vio él. Esto que en política es lo que caracteriza al estadista, así como conocer el valor de las personas y no rodearse de inútiles, es lo que caracterizó a DELGADO.

El ánimo confortó a FINLAY mientras que los médicos cubanos se burlaban de él. Era la época en que la bacteriología aparecía como una ciencia misteriosa, y los dos, el cubano y el español, dominada la clínica, se dedicaron al estudio fervientemente. Cuando tropezaban con alguna dificultad o con algún punto oscuro, DELGADO era el asesor. Cuenta el mismo FINLAY que en sus momentos de mayor inquietud, cuando sus nervios estaban extenuados por la indiferencia general y la lucha contra todos, era DELGADO quién le tranquilizaba, quién reducía su violencia y le llevaba por caminos de templanza. Si FINLAY pudo llegar a la meta fue gracias a este médico español, que fue el primer hematólogo que hubo en Cuba y el primero que en la isla realizó transfusiones de sangre.

DELGADO había asistido al magnate del tabaco Diego González junto con el propio FINLAY y utilizó su influencia con este y con el Marqués de Peñaplata para que nombrase a FINLAY representante de Cuba y Puerto Rico en la Conferencia Internacional de Washington. Muchos de los trabajos de FINLAY sobre fiebre amarilla van también firmados por DELGADO. Cuando al fin se confirmó el papel del mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla, DELGADO estaba en España y FINLAY le avisó enseguida. DELGADO desde Gijón le contestó; “Loado sea Dios que le ha permitido a usted asistir a la confirmación de su benemérita labor”. En 1905, aceptadas ya las teorías de transmisión por el insecto, en el mundo entero, los médicos cubanos reunidos en La Habana, tributan a FINLAY un gran homenaje, en que por efecto de la gran emoción que sentía en aquellos momentos no pudo hablar, y encargó al Dr. TOMÁS CORONADO que le reemplazase en la tarea de dar las gracias a los allí reunidos, pero muy especialmente pidió que no se olvidase recordar a D. CLAUDIO DELGADO, que tanto le había ayudado.

¿Consecuencias mundiales del descubrimiento de FINLAY?. La casi desesperación de la fiebre amarilla conforme se iban realizando las campañas contra el mosquito y conociéndose mejor en su biología. La fiebre amarilla dejó de ser un azote mundial y se ahorraron miles y miles de vidas. Uno de los ingresos con que contaba Cuba antes de la llegada de Fidel Castro, era el turismo, y esto no fue posible hasta el descubrimiento de FINLAY, porque los visitantes antes se jugaban la vida al visitar la Perla de las Antillas.

CARLOS JUAN FINLAY

CARLOS JUAN FINLAY

Pero no ha sido solamente Cuba, todos los países donde existe ese Culex fasciata eran víctimas de la fiebre amarilla, era uno de los tres grandes azotes del mundo y podía medirse con la peste y el cólera, que en situaciones anteriores había monopolizado los grandes trastornos epidémicos de la humanidad.

Pero, desde el año 1900 la cosa comenzó a cambiar radicalmente. El cólera, que tenía tantas víctimas había causado, comenzó a acantonarse en determinados países modelos de suciedad, el descubrimiento de la vacuna por nuestro compatriota FERRÁN y las medidas de vigilancia internacional, especialmente en el Canal de Suez, la hicieron poco temible. Igual ocurrió con la peste, también quedó relegada a determinados países. Quedaban solo dos enemigos de menor categoría; la viruela en retroceso por el descubrimiento de JENNES y el tifus exantemático que tardó más en desaparecer, esperando la llegada de los modernos insecticidas.

Y en cuanto a las guerras, ni el cólera ni la peste fueron ya temibles, y el tifus exantemático solo hizo su aparición en la Primera Guerra Mundial. Después esta enfermedad quedó relegada a los ejércitos de países atrasados. Yo recuerdo la laboriosa fabricación de aquella vacuna, preparada con intestinos de piojos infectados. Recuerdo también el cultivo de los piojos y la desagradable manera de darles de comer. Todo esto ha desaparecido y borrado por los nuevos descubrimientos.

Y en cuanto a las guerras, tengo a la vista una gráfica con la mortalidad de las principales contiendas de un siglo a esta parte. Guerras napoleónicas, de los Balcanes, campañas coloniales nuestras, ruso-japonesas etc… hasta llegar al momento actual y se pueden ver dos líneas que se cruzan violentamente, llegando a unos límites ínfimos los de las enfermedades, mientras que los modernos medios ofensivos, producen tal cantidad de víctimas que a su lado merezca la pena de mencionarse. Si hay contiendas en el futuro, veremos los que hay que cargar a la cuenta de los proyectiles atómicos.

Y en cuanto a nuestro país, el cólera, en lo que va de siglo solo ha hecho una tímida aparición en Vendrel, en el año 1912, esta epidemia fue rápidamente dominada por el Dr. MURILLO; la peste quedó relegada a algún pequeño foco, más murino que humano, en las islas Canarias y en Málaga. La viruela comenzó su descenso con las campañas de ROMEO y desapareció durante los años de mi gestión, lo que igualmente sucedió con el tifus exantemático.

LAZARETO DE LA ISLA DE SAN SIMÓN (VIGO)

LAZARETO DE LA ISLA DE SAN SIMÓN (VIGO)

La consecuencia es que los lazaretos han perdido su importancia y si los conservamos es porque existe un compromiso internacional, que nos obliga a mantener dos de ellos, uno sobre el Océano Atlántico, el Lazareto de San Simón –en el fondo de la Bahía de Vigo- y otro en el mar Mediterráneo –el Lazareto de Mahón-, que también desaparecerán, porque no todos tienen el amor a la historia sanitaria que yo tengo y tuve, y dentro de más o menos tiempo sus piedras comenzarán a desaparecer hasta quedárselo en un montón de ruinas, desapareciendo con ellos un capítulo interesantísimo de las enfermedades infecciosas que azotaron durante siglos a la Humanidad.

Por la época de la consagración de las ideas de FINLAY, era Inspector General de Sanidad, D. MANUEL MARTÍN SALAZAR, médico militar y uno de los organizadores del Instituto de Higiene Militar, muy buen bacteriólogo y un sanitario de cuerpo entero y además un hombre cultísimo. Él sabía perfectamente lo que venía pasando en Mahón con las cuarentenas de fiebre amarilla, que jamás conseguía aislarse la enfermedad, como ocurría con las enfermedades ocasionadas por la peste o el cólera. A pesar de todas las precauciones y de los cuidados más exquisitos, casi siempre que llegaba un barco con “patente sucia” por fiebre amarilla, surgían pequeños focos diseminados por los alrededores del lazareto. El hecho se hacía más patente durante los meses calurosos que en los meses fríos y se atribuía a faltas de vigilancia o en alguna ocasión a complacencias venales de los vigilantes. Pero jamás se dio con el hilo que llevase al esclarecimiento de la cuestión.

DR. MANUEL MARTÍN SALAZAR

DR. MANUEL MARTÍN SALAZAR

MARTÍN SALAZAR se percató enseguida de la causa de ello. En Mahón sobre todo en verano, tenía que haber Stegomyas y envió un especialista a buscarlos y efectivamente sin ninguna dificultad los encontró en toda la isla, como los había en toda la costa mediterránea, en Barcelona y hasta en el mismo Madrid.

El lazareto estaba ya de capa caída por la disminución del impacto de las epidemias, pero de todas maneras no había más que dos caminos. O hacer una campaña anti-mosquito, cosa difícil y cara o impedir que los barcos infectados por la fiebre amarilla, en vez de guardar cuarentena en Mahón, lo hiciesen en San Simón, en donde no existía ni aún en los meses más fuertes aquel temible insecto. Por otra parte llegaban ya muy pocos barcos con la enfermedad. Habíamos ya perdido el resto del dominio colonial en América y las campañas anti-mosquito en Cuba, casi habían hecho desaparecer la fiebre amarilla en aquella isla. A todo esto se unía el progreso en la construcción naval, habían desaparecido los barcos de madera y en los de hierro, el Stegomyas vivía peor allí y más sujeto a las variaciones de la temperatura.

ROBERT KOCH

ROBERT KOCH

Todo lo dicho en estos artículos, fue lo que movió a tratar de conservar una reliquia sanitaria, como lo es para nosotros el Lazareto de Mahón. Esto fue también lo que me impulsó a hacer un pequeño homenaje a los médicos que con sus trabajos contribuyeron a la desaparición de las epidemias. Me dolía que al entrar en la Bahía de Mahón se nos mostrase una casa en donde algunos creían que había vivido unos días Nelson, y, en cambio los bienhechores de la Humanidad, aunque no fuesen generales, ni almirantes, quedasen completamente olvidados; pero al hacer grabar en piedra los nombres de PASTEUR –fundador de la Bacteriología-; de KOCH –que tanto trabajó en cuestiones de cólera y de tuberculosis-, y FERRÁN –nuestro compatriota que prácticamente previno el cólera con su vacuna tan combatida- y finalmente FINLAY –con su genial descubrimiento-. Olvidé al español CLAUDIO DELGADO, colaborador íntimo de FINLAY y al que corresponde tanta gloria como el primero. Sería injusto que su nombre se olvidase en tierra española, y por eso termino pidiendo al Dr. PORCEL, Jefe de Sanidad Provincial de Baleares, que tanto me ha ayudado en la tarea de restaurar el lazareto y al Dr. ORCOYEN, que bajo el nombre de FINLAY, se añada sencillamente el nombre de CLAUDIO DELGADO.

GRABACIÓN ACTUAL DEL BASAMENTO

GRABACIÓN ACTUAL DEL BASAMENTO. FALTA LA ALUSIÓN AL DOCTOR ESPAÑOL CLAUDIO DELGADO

Hasta aquí los artículos publicados en su día por el Doctor J. A. Palanca referidos al Lazareto de Mahón facilitados por su nieta María Cruz, a quien mucho se lo agradecemos. La soberbia instalación sanitaria se mantiene en pie, gracias -todo hay que reconocerlo- a la labor y aportación económica del Ministerio de Sanidad. El marés es débil y este material es precisamente el utilizado en la construcción de toda esta vasta construcción.

Cabría ampliar que el doctor Ramón Claudio Delgado Amestoy (que éste es su nombre completo) nació en San Sebastián el día 8 de noviembre de 1843, en el seno de una familia genuina y castizamente donostiarra. Siendo aún joven, Delgado decidió trasladarse a La Habana (Cuba), embarcándose en uno de aquellos veleros, bergantines, corbetas o goletas, con los que tan familiarizados estaban los donostiarras de aquel tiempo y su primera idea sería la de dedicarse al comercio. Al final se decidió por estudiar Medicina, algo que la Humanidad debería de agradecerle algún día. Tras ir progresando en diferentes aspectos médicos y ser el iniciador de las transfusiones sanguíneas en Cuba (1878), con el doctor Carlos J. Finlay comenzó los estudios bacteriológicos en la colonia, no siendo pocos los trabajos sobre el tema publicados en colaboración: “Cultivos de sangre y otros productos de fiebre amarilla”, 1886, “Colonias de tetrágenos sembrados por mosquitos”, 1887, “Del micrococo tetrágeno de la fiebre amarilla” (1888), entre otros. Su colaboración en las investigaciones del doctor Finlay sobre fiebre amarilla fue notable y su nombre aparece como coautor de 18 de los trabajos de este último. Aunque falleció en Infiesto (Asturias), el 13 de julio de 1916, desde 1924 sus restos reposan en La Habana.


A la memoria de un médico militar

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EL DOCTOR RAMÓN CLAUDIO DELGADO AMESTOY

En uno de los últimos Consejos de Ministros celebrados durante la presidencia del Caudillo, se acordó conceder sendas grandes cruces de la Orden Civil de Sanidad a Dª Dolores Alonso –viuda de Claudio Delgado- una respetable señora de ochenta y dos años, residente en La Habana (Cuba) y a su hijo Abelardo Delgado Alonso.

Tengo la seguridad de que los dos nombres son perfectamente desconocidos para la mayoría de los médicos españoles. Por eso me veo obligado a decir desde estas columnas quienes son estas personalidades y las razones que ha tenido la dirección general de Sanidad al solicitar estas dos condecoraciones, que el Gobierno ha creído justo conceder.

No hay médico español que desconozca los desastres que nos causó la fiebre amarilla en nuestro Imperio colonial y la frecuencia con que la enfermedad llegaba a España y producía terribles epidemias. En nuestras guerras americanas lo que tenía una gran importancia no eran las bajas en combate, sino las enfermedades. Sírvanos de ejemplo la estadística castrense en Cuba de cualquier año, del 1896, pongamos por caso. De heridas causadas por el enemigo solo murieron 2.770 soldados, relacionadas con enfermedades 10.670. Cierto que las armas que se utilizaban entonces no tenían el poder destructivo que las de hoy, pero cierto también que en el paludismo, la disentería y sobre todo “el vómito” tenían, en contraste tenían una letalidad de la que hoy carecen. No hacen falta más argumentos ni demostraciones más concretas para afirmar que nuestro enemigo, más que en los proyectiles, estaba en los gérmenes microbianos, y en este caso especial en el agente productor de la fiebre amarilla.

REVISTA DE MEDICINA Y CIRUGÍA DE GUERRA

REVISTA DE MEDICINA Y CIRUGÍA DE GUERRA

Y como antes he dicho la enfermedad no quedaba acantonada en Cuba. Pese a las distancias enormes, dados los medios de transporte de que se disponía entonces, la fiebre amarilla, de vez en vez saltaba por encima de las aguas del océano Atlántico y utilizando los barcos de vela al principio y, los de vapor de escasa marcha después, aparecía en nuestras costas del Sur, de Levante y hasta llegaba después a Madrid, en donde parecía que terminaba su viaje.

Nuestra historia del siglo XIX muestra en singular colaboración los más salientes sucesos políticos con las devastaciones que producía la fiebre amarilla. Así ocurrió con las tropas que con Riego dieron el “grito” de Cabezas de San Juan, extendiendo la Constitución y el vómito negro por todo Levante. Así ocurrió también en el año 1821 en la ciudad de Barcelona. Mientras escribo tengo a mi vista una Memoria en la que el Dr. Bahi relata la epidemia desarrollada en Barcelona en el periodo de los “tres mal llamados años”, en la que el acierto del Dr. Bahi al diagnosticar estuvo a pique de costarle la vida, porque las masas barcelonesas indignadas por tener que soportar la hospitalización y el aislamiento que llevaba en sí la prevención de la epidemia, asaltaron y saquearon la casa de Bahi y, si el buen doctor no pone los pies en polvorosa, le arrastran las turbas de la Ciudad Condal al grito de “viva la Constitución y muera Bahi”.

Y lo curioso del caso es que el Dr. Bahi había, indudablemente, acertado en su diagnóstico; pero es que también tenía razón su principal detractor –el doctor Riera- cuando aseguraba que a los enfermos se les podían acercar, abrazarlos y hasta dormir en sus camas sin riesgo de contagio. ¿Cómo explicar hechos tan contradictorios?. Fue preciso que pasase casi un siglo, para llegar a comprender aquellos fenómenos que parecían imposibles de cohonestar. Y el esclarecimiento corrió a cargo de un médico cubano; el doctor Finlay auxiliado por un médico español, el doctor Claudio Delgado, esposo y padre respectivamente, de Dª Dolores Alonso y de D. Abelardo Delgado, a los que nuestro Gobierno acaba de condecorar.

DETALLE DEL ORIGINAL PUBLICADO EN SU DÍA POR EL DR. J. A. PALANCA

Y en esta intervención del Dr. Delgado en el descubrimiento, transmisión y por lo tanto profilaxis de la fiebre amarilla, es lo que a los médicos españoles nos interesa dejar perfectamente establecida. Para mí este asunto es doblemente interesante como médico español, pero también como testigo presencial de nuestra última guerra colonial. Soy hijo de un militar español y una cubana. Me llevaron a Cuba cuando apenas tenía seis meses, y para líbrame del contagio de la fiebre amarilla, me enviaron a un pueblo del centro de la isla, donde una temperatura más fresca parecía disminuir los riesgos del contagio. Viví en este pueblo hasta los diez años y, en el presencié escenas de la guerra que dejaron en mi cerebro infantil huellas para toda la vida: la vista de muertos en acción, de heridos chorreando sangre, víctimas de algún “macheteo”. Los combates dentro del mismo pueblo, con los incendios y saqueos subsiguientes, pero sobre todo la presencia de miles y miles de hombres, ¡pero que hombres!, que vivaqueaban en las calles del pueblo y en los colgadizos de las casas. La mayor parte de ellos eran verdaderos espectros que en sus rostros llevaban impresas las huellas del paludismo, la disentería, del beriberi y sobre todo de la fiebre amarilla. No había día que no viésemos salir del hospital del pueblo, el triste cortejo que llevaba al cementerio a los que pagaban con su vida nuestra ignorancia sobre la manera de evitar aquellas enfermedades.

Por eso andando el tiempo fui médico y me dediqué a la Sanidad Pública, aquellas escenas estaban siempre presentes en mi memoria. Y cuando leía en los libros que entonces manejábamos, sobre todo franceses, la manera un poco despectiva con que se juzgaba nuestra actuación frente al problema del manejo de la fiebre amarilla, me indignaba ante lo que reputaba como una injusticia. Decía claramente, o al menos dejaban entrever, que por desidia o al menos por ignorancia habíamos dejado morir a miles de soldados, sin cuidarnos de averiguar si aquél médico cubano –Finlay- (de Delgado, por supuesto, nadie hablaba), tenía o no razón al suponer que algunos mosquitos podían ser los transmisores de la enfermedad. Contrastaba este descuido con la conducta de los americanos, que apenas llegados a Cuba se habían apresurado a formar su famosa “Comisión”, que al comprobar las afirmaciones de Finlay, no solo establecieron la manera de transmitirse y propagarse la enfermedad, sino que prácticamente habían acabado con ella, no solo en Cuba sino en el mundo entero.

LA ISLA DE CUBA

Y sin embargo la realidad era muy distinta. Nosotros habíamos hecho, no solo lo que debíamos, sino algo más. Los primeros estudios experimentales que realizó Finlay, con Delgado por supuesto, los hizo sobre soldados españoles acuartelados en La Cabaña, y los pudieron llevar a cabo gracias a las órdenes del capitán general D. Ramón Blanco, que dio pruebas de una extraordinaria comprensión y de un interés enorme por el asunto. Y esto se hizo la primera vez que el general Blanco tuvo mando en la isla, es decir, muchísimo tiempo antes de que terminase la guerra. Si al llegar los americanos formaron enseguida su “Comisión”, fue porque en el campo de la epidemiología los acontecimientos se precipitaron y el papel de los insectos como vectores del contagio se conocía ya en otras enfermedades. Es decir, que este descubrimiento de Finlay, como casi todos, necesitó para convencer a los investigadores, de un proceso de maduración. El mérito del general Blanco consistió en que prestó su apoyo cuando aún no existían antecedentes que permitiesen creer que se estaba en lo cierto. Una simple enumeración de fechas puede convencernos. La idea de una posible transmisión de enfermedades por insectos era antiquísima y se remonta nada menos que a Lancisi, en 1718; pero tiempos muy recientes no hubo nadie, salvo el americano Nott, que la estimara como segura. Fue Manson, en 1878, el que demostró que algunas filarias podían vivir y desarrollarse dentro del organismo de algunos mosquitos, pero su transmisión al hombre sano no se confirmó por Bancroft hasta 1899.

El mismo Manson y Ross en la India, en 1897, establecieron con casi exactitud el ciclo del hematozoario en el mosquito y su transmisión al hombre sano. Solo a partir de este momento podría inferirse que lo que ya era seguro para el paludismo, podía serlo también para la fiebre amarilla, aunque naturalmente era difícil comprobar en este último caso, en que no se barruntaba el agente causante de la enfermedad, que en el paludismo se conocía ya casi a la perfección.

Quizá por esto y sin restarle mérito alguno, pudo la Comisión americana llevar a un feliz término sus experiencias, procediendo con una sagacidad y valor extraordinarios, ya que sus trabajos costaron la vida a alguno de sus miembros. Solo entonces el triunfo de Finlay fue completo, y con él también de su colaborador Delgado. Pero no olvidemos que perdimos Cuba en el año 1898 y los descubrimientos de Manson fueron en 1897. Un año antes tan solo.

AEDES AEGYPTI

AEDES AEGYPTI

Después de estos antecedentes justificativos, vamos al momento actual. En el mes de enero de este año me visitó el Sr. Valle Lersundi, guipuzcoano de nacimiento y residente la gran parte del año en La Habana. Me mostró un libro de un autor cubano, con la biografía del Dr. Delgado. Se trataba de un premio otorgado por una asociación española establecida en Cuba, al mejor trabajo sobre la vida del médico español. Valle me hizo comprender lo injusto del olvido, mejor dicho del desconocimiento en que teníamos al médico guipuzcoano, y me dejó junto con el libro unos documentos en los que pude comprobar el enorme mérito de aquel médico vasco, sin cuyo apoyo Finlay se hubiera visto en sus trabajos y sus esperanzas. Leí los trabajos de Delgado, estudié los mismos de Finlay y mis colaboradores encontraron otros trabajos en archivos y bibliotecas, exhumamos la hoja de servicios de Delgado (había sido médico militar), guardada en el Alcázar de Segovia, y quedé convencido de la necesidad de reparar más nuestro desconocimiento que nuestro olvido.

Pero aún había algo más interesante. Poco después de la muerte de Finlay, al Gobierno cubano había creado con su nombre para premiar los méritos científicos. Las primeras recompensas otorgadas fueron a los hijos de Finlay a los que se les concedió la Gran Cruz. A la viuda y al hijo de Delgado no se les otorgó más que las dos categorías inferiores. El premio fue muy halagador, pero quizá no correspondiese a la categoría científica ni a los méritos del doctor Delgado, y aunque con muchísimo dolor renunciaron a la preciada condecoración.

Este relato del Sr. Valle Lersundi me convenció de que tenía que secundar sus iniciativas, es decir una doble obligación. Por una parte la de hacer saber a los médicos españoles, lo que hasta entonces yo también había ignorado, y por otra parte solicitar de nuestro Gobierno una recompensa apropiada a la labor científica del Dr. Delgado. Para lo primero tuve el apoyo del secretario de la Sociedad Española de Higiene –Dr. Yagüe–. La Sociedad incluyó entre los premios de este año uno dedicado a la mejor biografía del Dr. Delgado, la Diputación Provincial de Guipúzcoa se sumó al homenaje, aumentando la cuantía del premio.

LAS VACUNAS, RESULTADOS DE LAS INVESTIGACIONES

LAS VACUNAS, RESULTADOS DE LAS INVESTIGACIONES

Y simultáneamente se entabló al expediente la concesión de la Gran Cruz de la Orden Civil de Sanidad. La comprensión de D. Blas Pérez y González, Ministro de la Gobernación, tramitando rápidamente la petición; el informe de nuestro embajador en Cuba, Sr. Logendio, y el patriotismo del Sr. Martín Artajo –Ministro de Asuntos Exteriores- cristalizaron el acuerdo en el Consejo de Ministros que motiva estas líneas.

Creo que bastan estas líneas para justificar esta concesión un poco insólita porque no premia a una determinada personalidad, sino a sus descendientes. Tengo la seguridad de que cuando esta noticia, saltando a través de los mares, como en otras épocas saltaba la fiebre amarilla, llegue al conocimiento de su viuda, que con tanta dignidad supo renunciar a una condecoración que para ella tuvo que ser apreciadísima, podrá sentirse satisfecha al comprobar que en España también se rinde homenaje a los hombres que como su marido, contribuyeron a uno de los descubrimientos que más vidas ha salvado a la Humanidad. Y también nosotros podemos sentirnos contentos al haber contribuido a realzar la memoria de un médico militar español tan sabido como olvidado. Doctor J.A. Palanca, Inspector Médico de Sanidad Militar.

Nuestro “Fidelius”, la escultura, está colocado en su sitio pero… siempre hay un pero: el nombre del doctor Claudio Delgado no figura esculpido bajo el del doctor Carlos Juan Finlay. Una vez descubierto el olvido, sin duda, los actuales o futuros responsables, algo deberían hacer al respecto como agradecimiento y satisfaciendo los deseos de uno de los grandes benefactores de este legado histórico del puerto mahonés. ¿o no?

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EL CABALLO DE PURA RAZA MENORQUINA AL PRIMER PLANO DE LA INFORMACIÓN

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De la COORDINACIÓN de este Portal:

Alfonso Buenaventura Pons (Es Castell, Menorca, 1947), Patrón de yate y miembro de la Real Liga Naval Española. Ex-directivo del Club Marítimo de Mahón y Juez y Jurado de Regatas.

* Desde el año 2000 fue colaborador semanal del diario “Menorca” en temas marítimos y portuarios, realizando en la actualidad colaboraciones especiales.
* También ha intervenido y colaborado puntualmente en otros temas típicamente menorquines, así como en otras publicaciones, programas de TV y radio.
* Desde septiembre de 1988 hasta diciembre de 2000 dirigió la revista interna de difusión social del Club Marítimo de Mahón, con una aparición de cadencia trimestral.
* El año 1995 publicó una base de datos en dos tomos sobre la historia de los primeros 50 años de la veterana sociedad náutica mahonesa.
* El año 1995, con el soporte de la Fundació Rubió Tudurí Andrómaco, publicó una recopilación histórica sobre el Lazareto de Maó bajo el título “El Lazareto de Mahón. Notas históricas”.
* El año 1998 publicó la obra “Naufragios y siniestros en la costa de Menorca”, de la cual se agotaron sucesivamente dos ediciones.
* El año 1998 publicó la obra “Menorca. Atlas náutico”, que ofrece toda la información necesaria para aquellos que se dedican a navegar por la costa de Menorca.
* El año 2001 publica la guia “La Reserva Marina del Norte de Menorca”, que da a conocer las singularidades de esta particular zona marítima menorquina.
* El año 2002 publica la guía y el plano para el visitante de “La Albufera des Grau” en castellano, catalán, inglés y alemán.
* El año 2003 aparece la obra sobre el caballo, la gallina, la oveja y la vaca menorquines, bajo el título de “Las razas autóctonas de Menorca”.
* El año 2004 lanza un nuevo “Menorca. Atlas náutico”, que incluye una guia para el submarinismo y nuevas informaciones y portulanos del cual se irían agotando sucesivamente dos ediciones.
* En el mes de abril de 2007 aparece la obra “Menorca. Caballos y tradición popular”, con referencia al mundo del caballo y su protagonismo en las fiestas menorquinas, de Sant Joan en Ciutadella, y patronales en el resto de las poblaciones.
* Finalizando ese mismo año publicaba el primer volumen de la serie “Menorca. Illa, mar i homes” (en catalán)
* El año 2008 publica la historia de la agencia de consignaciones marítimas Federico J. Cardona Trémol S.L., bajo el título de “125 años de ilusiones compartidas 1883-2008″.
* El mismo año publica la guía “Ciutadella de Menorca. Las fiestas de Sant Joan”. * El mes de abril aparece la tercera edición de la obra “Menorca. Atlas náutico, totalmente actualizada. * El 2008 publica el 2º volumen de la colección “Menorca. Illa, mar i homes”.
* El 22 de febrero de 2010 inicia un blog en la web bajo el título “Menorca, isla sin par” (bilingüe catalán-castellano) destinado a publicitar la isla de Menorca en todas sus vertientes poniendo un punto y final a su etapa de publicación de libros divulgativos.
* El 18 de enero de 2011 publica la 3ª edición de la obra “Naufragios y siniestros en la costa de Menorca” notablemente ampliada que, por primera vez, se presenta de forma digitalizada y colgada en la red en forma de blog actualizable bajo el título “Naufragios y pecios de Menorca”.
* El 23 de enero de 2011 inicia la publicación en forma de blog colgado en la red y bajo el título “Puerto de Maó, siglo XX” de todos los artículos (aumentando el número de imágenes antiguas que en su momento no pudieron incluirse en la edición de papel por razones de espacio), que fueron apareciendo durante casi diez años en las páginas del diario insular “Menorca”.
* El 21 de junio de 2011 abre un nuevo blog con el título “La cuina de vorera” (La cocina de ribera), también bilingüe catalán-castellano, destinado a recoger todas las recetas recogidas de pescadores y gentes de todos los ambientes durante la etapa de entrevistas efectuadas en sus diferentes publicaciones a fin de ponerlas a disposición del gran público.
* El 4 de agosto de 2011 inicia un blog fotográfico bajo el título “Menorca a través de tus ojos”.
* El 18 de marzo de 2012 cuelga en la red la 4ª edición de su derrotero “Menorca. Atlas náutico”. Notablemente ampliado en cuanto a contenido, imágenes y digitalizado, será actualizable por suscripción gratuita para el navegante interesado y la idea es convertirlo en la guía náutica total de la isla de Menorca.
* La importancia que va adquiriendo el portal “Menorca Atlas Náutico” obligará a ir cerrando paulatinamente los blogs “Menorca, isla sin par”, “Menorca a través de tus ojos”, “La cuina de vorera” y otros proyectos. Sus contenidos se irán incorporando al nuevo portal o quedarán en archivo pendientes de una futura ubicación.
* En abril de 2012 cuelga en la red el contenido de la obra “El Lazareto de Mahón” notablemente ampliado.
* A finales de 2012 se abren las páginas en Facebook de “Menorca Atlas Náutico”, “Naufragios y pecios de Menorca”, “Puerto de Maó, Siglo XX” y “Lazareto de Mahón”, y en Tweeter, “Menorca Atlas Náutico”.
* 2014 supondrá el año de la reconversión: “Menorca Atlas Náutico” aglutina a “Naufragios y Pecios de Menorca” y “Puerto de Maó, Siglo XX”, quien a su vez ha hecho lo mismo con “Lazareto de Mahón”, aunque conservando todas sus estructuras originales y dejando tan sólo una única página -tanto en Facebook como en Tweeter- que anuncia todas las actualizaciones: “Menorca Atlas Náutico”. La razón: en 28 meses se han rebasado las 67.000 consultas. Al propio tiempo se da paso a la ampliación de colaboradores tanto gráficos como de artículos adquiriendo la guía la categoría de “comunidad“.
* 2015 lo será el de su expansión con una total remodelación de su estructura, con adición de nuevos bloques y secciones una vez superadas las 120.000 consultas.

* El 22 de abril de 2016, rebasadas ya las 175.000 consultas, tanto el PORTAL como la TOTALIDAD DE PUBLICACIONES del autor, ALFONSO BUENAVENTURA PONS, son cedidas por el mismo a todos los efectos a la FUNDACIÓ RUBIÓ TUDURÍ ANDRÓMACO.

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De la TITULARIDAD de este Portal: 

Desde el 22 de abril de 2016, tanto este PORTAL NÁUTICO como las diferentes obras publicadas por el mismo autor, amén de otra serie de documentos históricos e imágenes debidamente relacionados, fueron donados así como cedidos sus derechos de explotación a la FUNDACIÓ RUBIÓ TUDURÍ ANDRÓMACO, siendo desde entonces esta entidad la única titular y gestora de los mismos.

LA ISLA DEL AIRE OBSERVADA DESDE PUNTA PRIMA (Imagen de RAQUEL ARIÑO)

CALA EN VIDRIER (ES GRAU, MAÓ) Foto A. BUENAVENTURA FLORIT

CALA EN VIDRIER (ES GRAU, MAÓ) Imagen de A. BUENAVENTURA FLORIT

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